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Crítica de «Angry Birds» (**): Pajaritos y pajarracos

Tener que chuparse una película de animación (y en tres dimensiones nada menos) basada en un videojuego enciende las alarmas del cinéfilo que uno fue

Día 13/05/2016 - 08.53h

El título de esta reseña es el que tuvo en España una película de Pasolini y debe entenderse a modo de protesta. De acuerdo, el «cine de poesía» de Pier Paolo y tantos otros ya no está de moda como cuando el cine de autor volaba alto; pero, justo en estos días en que Cannes trata de que remonte el vuelo, tener que chuparse una película de animación (y en tres dimensiones nada menos) basada en un videojuego enciende las alarmas del cinéfilo que uno fue. Ojo, ni siquiera un videojuego narrativo, que al menos daría una base argumental a la que agarrarse. No, esto era una app tonta para teléfonos llamados listos: el jugador dispara proyectiles en forma de pájaros cabreados para pulverizar cerdos? ¿y por qué cerdos?

Aquí la única lógica en juego es la del dinero: leo que si el juego costó cien mil libras, en la película se han gastado 80 millones de dólares, y cien millones más para marketing. ¿No es de eso de lo que deberíamos hablar? O quizá de ideología: Pasolini sacaba a un cuervo que hablaba en nombre del PCI, aquí sale un águila imperial que conoció tiempos mejores y que quizá necesita a un Trump para volver a ser grande? No exagero: la película muestra una comunidad idílica de pajaritos invadida por gorrinos que vienen a robarles, tras aniquilar su habitat de forma sanguinaria los pajaritos vuelven a ser felices como piolines. Pero incluso da pereza hacer esta lectura politizada un poco malvada: estamos ante una película de dibujitos para mentes muy jóvenes de la que no consigo recordar ningún pajarraco memorable.

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