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Crítica de «Warcraft: el origen» (***): Espadas, mazas y mucha magia

Crítica de «Warcraft: el origen» (***): Espadas, mazas y mucha magia

Va a tener más éxito que sus predecesoras porque tiene mucho más de cine que de un juego

Día 03/06/2016 - 20.07h

Hay que reconocer que para un tipo al que hacen desaparecer del mapa de cualquier videojuego, no en la primera pantalla, sino a los quince segundos de iniciarse dicho videojuego, debe ser complejo meterse en una película basada en el mismo.

Es por eso que quizás «Warcraft» vaya a tener más éxito que sus predecesoras, porque tiene mucho más de cine que de un juego que empezó con un formato estratégico y solo al final se ha configurado con formas humanas. En esa libertad de acción, el filme le saca ventaja, en eso y en el encanto adicional que supone una trama repleta de aventuras y magia. Duncan Jones es el director y es hijo del fallecido David Bowie. Antes de morir, el cantante vio la obra de Duncan y quedó encantado. No es de extrañar, Bowie siempre ha sido muy de hadas y sutiles encantamientos (hay que recordar su paso por «Dentro del laberinto», aunque actuó en 41 títulos más y puso música a 508 filmes).

La película es un despliegue, exhaustivo y casi feroz, de fuegos extremos, de colores vivos y de mucha acción, lo que viene a ser una película de aventuras de toda la vida, de esas que encandilaba a uno cuando era pequeño, adolescente, mayor, anciano y hasta debajo de la lápida. Y tiene de todo, espadas por doquier (de esas que parecen ligeras y luego no se pueden ni levantar de lo que pesan), mazas, hachas, sudor, luchas heroicas y polvo ante el rival derribado.

Pero también tiene magia, mucha magia de todos los colores, blanca, negra y gris, que sirve de base a lecciones de toda la vida: al intento de que la paz prevalezca sobre la guerra (el intento más fallido del hombre a lo largo de su historia), y un tono de heroicidad en todos y cada uno de los que aparecen en escena. Al respecto, la película tiene un alma que se escapa a la mera pantalla del videojuego.

Es en este lado, en el humano, donde se notan los tres años y medio que Jones ha empleado en levantar el proyecto. No tiene desde luego la grandeza ni la profundidad de la trilogía de «El señor de los anillos», pero sí está realizada con mucha sinceridad y honradez. Probablemente lo mejor que se puede decir de ella es que no es lo que no quiere ser y sí el papel que debe ocupar en el cine. Muchas palomitas, mucha acción y una cierta dosis de bebedizo encantado que te hace olvidar por dos horas el duro mundo en el que nos hemos visto sumergidos.

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