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Crítica de «Eddie el Águila» (***): El campeón accidental

Crítica de «Eddie el Águila» (***): El campeón accidental

Para contar esta historia edificante de un aspirante a Icaro que no se quema las alas, la película echa mano de un arsenal de recursos que atacan directamente al lagrimal

Día 10/06/2016 - 11.21h

La película de referencia sobre los saltos de esquí es la que Werner Herzog dedicó al campeón Walter Steiner, que tenía la enojosa costumbre de saltar demasiado: se salía de la pista y sus saltos no eran homologables. No ese ese el problema del inglés Eddie Edwards, un deportista extremo también pero por el otro lado: su indiscutible vocación no se corresponde con ninguna habilidad deportiva. Se merece, eso sí, una medalla olímpica en la categoría de plasta que insiste hasta agotar al contrario, y quizá una de bronce por una ciega fe en sí mismo que le hace ignorar todo lo que le aconseja la gente de buena fe que le rodea: básicamente, que lo mejor es que se presente a Eurovisión. Pero Eddie no se acaba ganando el apodo de «águila» sólo por cachondeo: fue la sensación de los Juegos de invierno de Calgary en 1988 aunque no ganó ninguna prueba, porque se convirtió en una especie de emblema gracias a su optimismo patológico.

Para contar esta historia edificante de un aspirante a Icaro que no se quema las alas, la película echa mano de un arsenal de recursos que atacan directamente al lagrimal: a su lado, Billy Elliott es puro neorrealismo. Los padres de Eddie, reacios pero en el fondo sus mejores fans, parecen una caricatura del duro cine realista de Ken Loach y Stephen Frears. El golpe más bajo, y efectivo, es el personaje que recrea un Hugh Jackman reconvertido en actor de carácter: un borrachín amargado que se redime entrenando al patoso hasta llevarle a su estentóreo fracaso triunfal. Ante tanto sentimentalismo masculino, sólo Christopher Walken se contiene y deja pasar la ocasión de largarle a Eddie uno de sus legendarios sermones a la tarantiniana.

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