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Crítica de «Dos tipos buenos» (***): Cine negro color «chuches»

Crítica de «Dos tipos buenos» (***): Cine negro color «chuches»

Inesperada mezcla de película de acción, de comedia y de «neo-noir» interpretada por dos actores que abandonan su habitual corte serio: Russell Crowe y Ryan Gosling

Día 10/06/2016 - 11.18h

Inesperada mezcla de película de acción, de comedia y de «neo-noir» (o sea, cine negro de hoy que añora al cine negro de los setenta que añoraba al cine negro de los cuarenta), interpretada en caída libre por dos grandes actores que abandonan su habitual corte serio cercano a lo hostil (Russell Crowe con bozal, y Ryan Gosling, todo rígido salvo el chicle) y maquillan aquí sus personajes, uno a lo Budd Spencer y otro a lo Lou Costello. La trama es puro cine negro pero como atravesado por un flecha de parodia: una joven desaparece y el detective Holland March -un Gosling en estado de gracia precisamente por su constante estado de desgracia- se asocia para encontrarla con un matón a sueldo ?o sea, Crowe en su mejor versión paquidermo-. El director, Shane Black, que es también uno de los guionistas con más ojo y personalidad para el cine de acción y de culto, consigue el viejo clima de las películas de detectives, color, música setentera, traza, atmósfera y ese rollo sórdido entre el lujo, lo hortera y el porno, pero sin que aparezcan por allí ni Spade, o Marlowe, o Lew Archer?, no, sólo estos dos tipos realmente volcados en la pantalla, y acompañados de la hija de uno de ellos, la única espabilada del grupo, papel que encarna la sorprendente actriz Angourie Rice. Y Black tiene también el acierto de llenar todo su argumento de saludable trivialidad y magníficos diálogos, que cogen y sueltan al vuelo dos actores muy serios pero con muchas ganas de reírse de sí mismos. Y todos con ellos dos. No es difícil ver, o creer que se ve, una radiografía en colorines del estertor de esa sociedad americana de vuelta de los años sesenta (aquella de «La tormenta de hielo», de Ang Lee), pero es sólo un guiño, un espejismo, más un deseo de ver que otra cosa, pues Shane Black tiene el buen gusto de irse precisamente por las ramas, de conducir su película hacia una zona sin consigna, sin clave moral, solo muy movida y divertida, más en ese final disparate de «El guateque» que en el profundo y deprimente de «Chinatown».

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