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Crítica de «Capitán Kóblic» (***): La huida del «deber», o el deber de la huida

Crítica de «Capitán Kóblic» (***): La huida del «deber», o el deber de la huida

Ricardo Darín interpreta a un oficial militar en escabullida de su «deber» de pilotar uno de esos aviones y la película lo sitúa en fuga a ese interior de western sureño

Día 16/06/2016 - 22.09h

En su primer plano, esta película dirigida por Sebastián Borensztein (que también hizo, con Ricardo Darín, la magnífica «Un cuento chino») es un western meridional, algo que podría parecer un oxímoron, pero es más bien un subgénero cinematográfico; es un western porque tiene ese aire de duelo, de territorio, de no ley que quebrar y de romanticismo austero y como para rellenar un argumento macho y que ocurre muy al sur. Pero en su segundo plano, esta película es social, política, ideológica, que puntea al teclado alguno de los episodios más siniestros del pasado argentino: aquel de los vuelos de la muerte, cuando los «desaparecidos» de la dictadura eran arrojados vivos al mar desde aviones llenos a la ida y vacíos de vuelta. Ricardo Darín interpreta a Kóblic, un oficial militar en escabullida de su «deber» de pilotar uno de esos aviones, y la película lo sitúa en fuga a ese interior de western sureño, en un poblado semifantasma, enfrentándose a un tipo que representa a esa no ley (el genial y realmente sórdido comisario Velarde que interpreta Óscar Martínez), y enfrentándose también a la circunstancia de un conflicto amoroso tan amenazante como el propio aliento de la dictadura militar. Borensztein evita con muy buen criterio cambiar los planos de la historia, y siempre aparece delante el western y detrás el rollo machacón y machacado de la dictadura argentina (que es al cine de allí lo que las consignas de la guerra civil al cine de aquí), prevalece el suspense y lo escabroso del romance (Inma Cuesta, la cuota de la coproducción con España, que está fantástica, sensual y hasta creíble en su acento y en su papel de envoltorio de la trama sucia). Los mejores momento, la temperatura más alta, son los cara a cara entre Darín y Óscar Martínez, un militar con escrúpulos y un comisario sin melindres para hacer el mal, y aunque todo parezca medianamente previsible y como dentro de una horma que el guión prefiere no violentar ni quebrar, ellos dos lo hacen especial, sugerente y digno.

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