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Crítica de «Grandes familias» (**): La mansión del padre, la misión del hijo

Crítica de «Grandes familias» (**): La mansión del padre, la misión del hijo

La película duda en si inclinarse por el lado de la comedia o dejarse despeñar por el lado del drama melancólico: en ninguno de los dos terrenos logra un auténtico subrayado

Día 16/06/2016 - 21.15h

El director, Jean-Paul Rappenaeau, siempre será el hombre que tuvo que amoldar la nariz de Gérard Depardieu (o sea, empequeñecer) para ser Cyrano de Bergerac, y ahora, tras años de pensar una hazaña cinematográfica a la altura de aquella, vuelve a un género que es tan francés como anegar de salsa un pescado, como es el drama familiar. El personaje que interpreta Mathieu Amalric vuelve a sus lugares raíces para enfrentarse al presente familiar también anegado con la salsa del pasado, los fantasmas de la gran casa poblada de recuerdos, y un presente en el que se mezcla la especulación inmobiliaria, la reconciliación con el padre muerto, la herencia en el aire y el acoplamiento romántico (o sexual) con ese portento físico llamado Marine Vatch. La película duda en si inclinarse por el lado de la comedia, con esa sobreactuación de personajes provincianos (como el alcalde que interpreta André Dussollier) y personajes mundanos, como la madre despechada (Nicole García) o la amante también despechada (Karin Viard), o dejarse despeñar por el lado del drama melancólico: en ninguno de los dos terrenos logra un auténtico subrayado. Es algo graciosa y pasablemente dramática y romántica. Es una película cómoda, que no salta la vallita de lo intrascendente, que no te permite ni adorar ni detestar a sus humanos personajes, ni tampoco tropezarte con una idea que se aleje de lo obvio.

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