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Crítica de «Pozoamargo» (***): Profundo sur

Crítica de «Pozoamargo» (***): Profundo sur

Transcurre primero en un ámbito mexicano que hace de Ripstein un optimista colorderosa y se instala luego en un ámbito extremeño que hubiera espantado al Buñuel de Las Hurdes

Día 23/06/2016 - 18.41h

Enrique Rivero es, leemos, un cineasta mexicano nacido en Madrid y sevillano adoptivo. No sé si tal mezcla explica la solución al 100%, o más, de realismo duro que destila esta viajada y bien premiada película, tercera que realiza, tras ganar el Leopardo de Oro con su debut, Parque vía, en Locarno, uno de mis festivales favoritos.

Quiere decirse que Rivero nos representa tan bien como el que más en el circuito festivalero, pese a seguir siendo un desconocido. La culpa es de la extremada dureza, ya lo decimos, de propuestas como este «Pozoamargo», que transcurre primero en un ámbito mexicano que hace de Ripstein un optimista colorderosa y se instala luego en un ámbito extremeño que hubiera espantado al Buñuel de Las Hurdes. Una fiesta, vamos, la que nos hace vivir este Jesús (encarnado por un sobresaliente Jesús Gallego) que, atribulado por una culpa venérea, decide desaparecer de la vida activa reencarnándose en jornalero. No consigue desvanecerse del todo por culpa de una tentación que se corresponde con la figura de Natalia de Molina; pero su impulso de muerte acaba reclamándole en un largo tercio final en donde casi entramos en el ámbito del realismo mágico. Rivero es buen cineasta pero su querencia por lo ingratono le hará ganarse la amistad del espectador al uso.

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