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Crítica de «Todos queremos algo» (***): Los chicos del equipo

Crítica de «Todos queremos algo» (***): Los chicos del equipo

Al lado de sus anteriores delicatesen, puede parecer frívola. Pero las virtudes de buen observador, de constructor de relaciones bien aireadas entre los personajes brillan como siempre

Día 05/07/2016 - 13.00h

Desde su reducto tejano de Austin, Richard Linklater se ha convertido en la gran esperanza del cine americano extramuros de Hollywood, con su trilogía «Después de?» y su cronoexperimento «Boyhood». Al lado de estas delicatesen, «Todos queremos algo» puede parecer frívola, o por qué no decirlo, basta. Empezando conque el título original se refiere muy concretamente a «pillar cacho» con todo lo que se mueve, siempre que sea una monada: estamos en 1980, los protagonistas son un grupo de muchachotes del equipo de beisbol y, al menos en este college tejano, estamos lejos del discurso feminista que por entonces comenzaba a hacerse sentir. ¿Y ese ambiente grosero, se preguntará consternado el fan de Linklater con la Delpy y el Hawke?

Pues resulta que Linklater es también el glorioso firmante de «Escuela de rock», nada menos, y empezó su carrera con crónicas juveniles y generacionales como «Slacker» y «Dazed and Confused», de la que esta es una «secuela espiritual», en palabras del propio autor. En realidad, ese fan sensible al que aludía arriba puede respirar tranquilo: el nivel de testosterona y otros sudados machismos se mantiene bajo control, sin eludirlo del todo, porque no se puede tapar el sol ni el calentón. Pero las virtudes de buen observador, de relajado constructor de secuencias y relaciones bien aireadas entre los personajes, brillan aquí como en su mejor cine.

Hay un plazo, un deadline, como en su trilogía: todo ocurre tres días antes de comenzar el curso, los últimos tres días de vivir como un «slacker» (el término que popularizó su opera prima y que podemos transcribir como pasota) pero ni siquiera eso se vive con un sentimiento trágico.

El Linklater pop, por otro lado, aflora esplendoroso en tres secuencias en las que los atletas dejan de retarse entre sí -al ping pong, fumándose, o como sea- y salen de cacería: la música disco, el country hortera y la incipiente escena punk le permiten construir, con rigor de historiador, tres tours de force que le hacen a uno relamerse de gusto. No es tanto, «tal como éramos», que aquí había otras claves y otras tribus; es el placer de apreciar lo que Linklater muestra como algo que pasó realmente, la marca de un buen relato histórico. Lástima que su protagonista, un clon del joven Matt Dillon, resulte poco expresivo.

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