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Crítica de «La clase de esgrima» (***): Los niños del florete

Una historia demasiado convulsa y confusa en la que el director, Klaus Härö, cuenta la historia de un joven profesor que durante la segunda guerra mundial tuvo que esconderse de los nazis invasores

Día 15/07/2016 - 08.40h

Estonia es un lugar inmejorablemente situado si lo que se quiere es tener continuas guerras de independencia, pues está engatillada entre Rusia, Alemania y los países nórdicos. Su historia es demasiado convulsa y confusa para contarse en esta película, cuyo director, finlandés, Klaus Härö, prefiere concentrarla en el joven profesor de esgrima que durante la segunda guerra mundial tuvo que esconderse de los nazis invasores y ahora tiene que esconderse de los comunistas invasores, y llega a un pequeño pueblo, a un colegio, donde ha de preocuparse por la educación física de los alumnos y por la poca educación democrática del director y compañía, puestos ahí al servicio de Stalin y con un fino olfato para el disidente. Hay muy buen gusto narrativo y visual, y mucha atmósfera dramática, y un buen retrato del paraíso comunista, pero la historia (más o menos real) es como es, y Klaus Härö no se toma la molestia de apartarla mucho de las previsiones tópicas, como el progresivo acercamiento entre maestro y alumnos, su implicación de tintes paternales con ellos hasta el punto de ponerse en riesgo, la habitual presencia de la profesora joven y el «tilín» romántico? A pesar de contener un relato sucio, la película es «bonita» y tiene esa armonía propia de la esgrima, y aunque su «mensaje» de compromiso y responsabilidad del maestro ante sus alumnos esté ya un poco sobado, no deja de ser grato escucharlo, aunque no lo canten los niños del coro.

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