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Crítica de «Jason Bourne» (***): Chutazo de adrenalina

Crítica de «Jason Bourne» (***): Chutazo de adrenalina

La nueva entrega tiene las mismas bases de la saga pero, en realidad, todo es diferente

Día 28/07/2016 - 19.07h

El nombre más mítico de los últimos años en la ficción cinematográfica (junto a Keyser Soze) ha vuelto. Jason Bourne estrena su cuarta película (sin contar el paréntesis, meritorio pero insuficiente del filme protagonizado por Jeremy Renner) y lo hace de la mano de su realizador favorito, Peter Greengrass, sin cuya dirección Matt Damon no hubiera regresado al papel que le hizo célebre.

No es de extrañar la obsesión de Damon por trabajar con su tótem favorito. Nadie como este dúo es capaz de imprimir ese ritmo trepidante que caracteriza la acción del espía que ha desbancado, en calidad y carisma, al mismo James Bond.

La nueva entrega tiene las mismas bases de la saga pero, en realidad, todo es diferente. Hay un hecho, relevante, que saca a Bourne del agujero, la agencia va a por él y siempre hay una pelea cuerpo a cuerpo crucial y espectacular. Pero en la forma todo es diferente: el mundo ha cambiado, los enemigos han variado su modus operandi y también la manera de desplazarse y operar.

Pero el porqué este Bourne es tan bueno, o mejor, que los anteriores está en el ritmo. Hay pocos directores capaces de rodar como si fuera cámara en mano, pero sin serlo, una acción que te desata la adrenalina a mil por hora. Aquello empieza y en un segundo entras en un maremágnum de laberintos que Greengrass maneja como si fuera un gigantesco tetris en el que, a velocidad de vértigo, va a encajando las piezas una a una hasta conformar un bloque compacto y macizo que te deja sin respiración.

Y Bourne... Bourne es una mezcla de McGiver, Keyser Soze y James Bond. Te coge un alfiler, un móvil y te desmonta el gobierno de Obama en media hora. Y sin embargo, hasta el mismo Bourne ha cambiado con el tiempo. Este espía es más oscuro, más meláncolico y amargado, hay un poco de vuelta de tuerca hacia el lado negro de la historia. En realidad, todos los personajes se vuelven más férreos, menos humanos (excelente de nuevo Vincent Cassel), más proclives al mal que al bien (apenas hay una, o ninguna, sonrisa en las dos horas de película).

Al final, uno sale de este «Jason Bourne» como si hubiera corrido tres maratones pero con la excitación tan a tope que podrías correr seis más. Es decir, la única saga que a medida que avanza va creciendo en su calidad manteniendo las mismas constantes de siempre. Un rara avis de su especie. A su modo, casi un Santo Grial.

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