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Crítica de «El hombre de las mil caras» (***): Roldán, Paesa y una ventana al de dónde venimos

Alberto Rodríguez el cineasta más en forma y en fondo, reconstruye para solaz y regodeo del personal uno de los capítulos más rocambolescos de nuestra historia reciente

Día 22/09/2016 - 22.35h

Alberto Rodríguez, plusmarca nacional de la distancia (el largometraje), o cineasta más en forma y en fondo, reconstruye para solaz y regodeo del personal uno de los capítulos más rocambolescos de nuestra historia reciente, el que protagonizó Luis Roldán, con guión de Francisco Paesa, a mediados de los años noventa, y que nos dan algunas claves, no de hacia dónde vamos (que no lo sabe ni Dios), sino de dónde venimos: de lo trágico convertido espectáculo con su punto negro de engañosa comedia. No es una comedia, sino un «thriller» con la intriga lo suficientemente velada y desvelada como para responder a la pregunta más importante que hay que plantearse ante esta película: ¿se entiende?..., y la respuesta es sí, y perfectamente. La introducción de un narrador (el personaje casi real que interpreta José Coronado, el «machaca» de Paesa) que relata el paso a paso de una peripecia archiconocida en la que un corrupto, unos pícaros y unas circunstancias convirtieron a nuestro país, nuestros gobernantes y nuestras fuerzas de seguridad en los tontos de una función de circo. Incluso la película deja asomar por la manga las cartas marcadas de la historia, ¿qué fue de la «pasta»?, ¿qué pasó con Paesa?, ¿de qué material estaba hecho Roldán?, ¿de qué iba Belloch?...

La estructura es la adecuada, como el ritmo narrativo y la manita de pintura social que recubre a los personajes y sus actos: es tan fácil situarse en ese entonces como lo es en este ahora. Y todas las piezas clave de la trama están interpretadas con notable sentido y doble sentido por excelentes actores, y en especial Eduard Fernández, que clava un Paesa imposible de encasillar en conceptos de «bueno» o «malo», y deja del personaje una foto intrigante, digna de una serie de varias temporadas. Y Carlos Santos compone un Roldán moralmente frágil, sobrepasado, peligroso y pueril, al que sujeta con imperdibles la fortaleza de su mujer, Marta Etura, que también daría para otra serie. Tal y como queda en pantalla el tono de esta historia, Alberto Rodríguez muy bien podría haber cambiado del título lo de «caras» por «jetas».

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