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Crítica de «Los siete magníficos» (**): Mucha bala, poca pólvora

Fuqua ha echado mano de sus dos totem casi sagrados, Denzel Washington y Ethan Hawke, que renuevan aquí su consabida química

Día 22/09/2016 - 22.35h

A Fuqua empiezan a vérsele la costuras, las verdaderas, no las que exhibe con parafernalia de talento concienzudo mezclado con buenas dosis de comercialidad. Tras «Training day» todos pensábamos que habíamos descubierto el tesoro de Sierra Madre, pero es posible que ese oro cegara los ojos de su director porque desde entonces la balanza se ha inclinado hacia el vil metal y la clase se le ha ido disipando entre el vil metal. «El protector» y «Objetivo: la Casa Blanca» hablan claro al respecto.

Por otro lado, tenemos el remake del remake de «Los siete samurais», de Kurosawa, que no es asunto baladí. Ya no lo era el filme de 1960 de John Sturges como para ponerse a versionarlo de nuevo sin el riesgo que ello conlleva, mucho más después del costalazo de «Ben Hur».

Para ello, Fuqua ha echado mano de sus dos totem casi sagrados: Denzel Washington y Ethan Hawke, que renuevan aquí su consabida química. También la desvergonzada pillería de Chris Pratt, que tanto le gusta a ellas, sobresale en el envolotorio del filme. Pero hasta aquí llegan las virtudes. El resto es ruido y balas, muchas balas. Da la sensación de que, a la hora de elegir, Faqua se ha quedado con lo discreto (la anécdota del que se cae desde un quinto y va diciendo por ahora bien) y obvia escenas sagradas, como la de James Coburn: «Nadie me tira a la cara el revólver y me hace huir, nadie» (no hay parangón posible a este personaje de Coburn en la cinta que nos ocupa). Esto, que parecería anecdótico, dice mucho del sendero elegido por Fuqua, porque da de lado la causa, las entrañas ocultas de cada personaje (también los del pueblo), y busca más el escandaloso ruido y el morder la bala.

En suma, mucha ametralladora Sterling y pocos sentimientos en la balanza, en la línea de esos héroes silenciosos que tanto pululan por ahí y que cuando abren la boca es para decir aquello de «porque yo lo valgo».

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