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Crítica de «Un monstruo viene a verme» (***): Conversaciones con mi árbol

El autor del cuento infantil, Patrick Ness, lo es también del guión que se encarga Juan Antonio Bayona de estirar hasta casi romperlo hacia los dos lados, el del melodrama y el de lo fantástico

Día 07/10/2016 - 08.50h

El autor del cuento infantil, Patrick Ness, lo es también del guión que se encarga Juan Antonio Bayona de estirar hasta casi romperlo hacia los dos lados, el del melodrama y el de lo fantástico. Es un relato de adolescencia, esa fase del ser humano en la que sus propios demonios se le aparecen en forma de cabra, o incluso macho cabrío, y está narrado en dos dimensiones que se solapan: la realidad indeseable del protagonista y su válvula de escape de una ficción terrorífica, pero terapéutica. De «Un monstruo viene a verme» lo fantástico devora por completo a lo real y melodramático de la vida de Connor, un niño que sufre la separación de sus padres, también la enfermedad irresoluble de su madre, y que intuye la complejidad de la vida por la relación ósea con su abuela? Todo es monstruoso a su alrededor, y esa monstruosidad se concentra en su cita con el monstruo del título, a los siete minutos pasada la media noche. Cuando Bayona salta del melodrama real a la fantasía, su película se «anima» en los dos sentidos del término, pues lo mejor, lo más animado y provechoso del relato son los encuentros de ese árbol gigantesco con el niño y los tres cuentos en forma de fábula que lo han de guiar hasta la madurez, como esas migajas en el camino que guiaban a Pulgarcito. Las magníficas y sorprendentes técnicas de animación, la capacidad de Bayona para sugerir terror y efecto balsámico a la vez, la sugerencia de que la fantasía (el cine) modela sentimientos y pensamientos útiles para sobrellevar la realidad? Eso es lo grande de la película de Bayona, de su historia, tan feroz y llena de amarguras, que decide templar con un punto más en el grado del melodrama, vaciándose los bolsillos de acentos que derrama sobre la realidad de Connor, en forma de música, de escenas emotivas y de sensibilidad esponjosa. Cualquiera puede pensar que todo está magnificado, exagerado, sacado de quicio, llevado a un extremo (el de la lágrima es el que más molesta para verlo claro), pero son el punto de vista y las emociones de un adolescente: ¿hay algo en el mundo menos centrado y más sacado de quicio que eso?

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