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Premios Goya: treinta años de cosechas casi siempre brillantes
Imagen del clásico «El viaje a ninguna parte», con Fernando Fernán Gómez

Premios Goya: treinta años de cosechas casi siempre brillantes

De «El viaje a ninguna parte» a «La isla mínima», la calidad de nuestro cine es superior a la imagen

Día 26/02/2016 - 20.27h

La nostalgia es injusta, casi tan odiosa como las comparaciones y tan poco fiable como los premios, pero treinta años de los Goya dan para hacerse una idea bastante fiable de la evolución del cine español en todo este tiempo. La «mala suerte», por otro lado, quiso que 1986 fuera el año de «El viaje a ninguna parte», obra capital de un genio irrepetible, Fernando Fernán Gómez, un espejo irrompible en el que medirse.

La primera impresión al tratar de trazar el viaje de nuestro cine, esperemos que a alguna parte, viene marcada por el creciente reconocimiento internacional de nuestros artistas. En los últimos tiempos hemos visto que ganar el Oscar no es un milagro, como cuando Buñuel triunfaba por Francia o Santana levantaba trofeos en Wimbledon. La generación de los Nadal del cine acumula estatuillas a un ritmo aceptable, que pocas cinematografías mantienen: después de Garci hemos visto abrazar al muñeco a Trueba, Almodóvar (dos veces), Amenábar, Penélope Cruz y Javier Bardem. Y otros muchos lo han acariciado. No es el único baremo para juzgar la obra artística de un país, pero como indicio es interesante.

Candidatos extranjeros

Por el contrario, otro ejercicio tan sencillo como repasar los títulos y ver qué sensaciones nos evocan parece favorecer al pasado. O perjudicar al presente, que no es lo mismo. Después del citado recorrido de cómicos encabezado por Fernán Gómez, descubrimos que en los ochenta el Goya principal lo ganaron «El bosque animado», «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y «El sueño del mono loco», primera triunfadora que, nos atrevemos a aventurar, pocos recordarán. Era un ejercicio de alto riesgo de Fernando Trueba, con Jeff Goldblum como protagonista olvidado en la gala. Entonces, la Academia rara vez admitía entre los suyos a candidatos extranjeros. En ese aspecto hemos evolucionado claramente y este año tenemos a Juliette Binoche, Tim Robbins y Ricardo Darín entre los nominados.

En los noventa nos encontramos con otra remesa más que recomendable. «¡Ay, Carmela!», «Amantes», «Belle époque», «Todos a la cárcel», «Días contados», «Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto», «Tesis», «La buena estrella», «La niña de tus ojos» y «Todo sobre mi madre» conforman un catálogo casi insuperable de cineastas, más incluso que de títulos, que ficharía cualquier país del mundo: Saura, Aranda, Trueba, Berlanga, Uribe, Díaz Yanes, Amenábar, Franco, Trueba (con doblete) y Almodóvar conforman una alineación que ni el Madrid de las seis Copas de Europa.

Nombres femeninos

El efecto 2000 nos trajo «El bola», «Los otros», «Los lunes al sol», «Te doy mis ojos», «Mar adentro», «La vida secreta de las palabras», «Volver», «La soledad», «Camino» y «Celda 211», que sugieren una evolución interesante. Los maestros en activo siguen vivos (o los vivos siguen en activo) y aparecen nuevos nombres, sobre todo femeninos, novedad necesaria. La variedad de estilos y de géneros también es otro síntoma saludable. La industria se atreve incluso a elegir películas tan minoritarias como «La soledad», cuando es necesario, frente a fenómenos de masas como «El orfanato», de uno de nuestros talentos emergentes, J. A. Bayona, consolado con el Goya a mejor director novel. Fuera acertada o no la decisión, los académicos estaban ya en condiciones de ayudar a los «pobres» (al menos si tienen la categoría de Jaime Rosales), conscientes de que otros títulos triunfan por sí mismos y que a sus autores ya les llegará el reconocimiento. En efecto, Bayona se llevaría el premio a mejor director «adulto» por «Lo imposible», aunque aquel año triunfara otra extravagancia, muda y en blanco y negro, la formidable «Blancanieves» de Pablo Berger. Lo que queda de década se completa con «Pa negre» (primera triunfadora en catalán), «No habrá paz para los malvados», «Vivir es fácil con los ojos cerrados» y «La isla mínima».

Por cercanía o por lo que sea, factor que quizá nubla el juicio, parece haber cierto desmayo en estos últimos años, que contradice la creciente (con sus vaivenes) aceptación del público, cada vez menos «rencoroso» con su cine. La conclusión principal, en todo caso, es que el público español tiene a mano buenas cosechas casi año tras año o, como mínimo, uno sí y otro no. Por desgracia, la industria no da para que los grandes maestros y los grandes encantadores de espectadores, como Santiago Segura, produzcan al ritmo de Woody Allen.

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