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«El león y la rosa» («Juego de tronos»): cima del suspense en la Boda Púrpura
Jaime y Tyrion Lannister, en un momento del capítulo

«El león y la rosa» («Juego de tronos»): cima del suspense en la Boda Púrpura

Revisamos el capítulo más impactante de la cuarta temporada de la serie

D�a 15/04/2014 - 15.51h

ATENCIÓN SPOILERS: A continuación se detallan aspectos clave de la serie. Si no quieres enterarte de ellos, no sigas leyendo.

Los fans de Juego de tronos que hayan llegado hasta este punto de la serie ya saben que las bodas son momentos marcados por George R.R. Martin para giros brutales en el guión de la trama. Ya lo comprobaron el año pasado con «Las lluvias de Castamere», el capítulo en el que se relata la Boda Roja, y lo han podido corroborar con «El león y la rosa», el episodio dedicado al enlace entre la casa Lannister y la florida familia Tyrell, conocido popularmente por los lectores de la saga como la Boda Púrpura.

Después de la presentación de todas las tramas en el primer capítulo de la cuarta temporada, Juego de Tronos pone el foco en Desembarco del Rey. Dejamos de un lado al Muro y sus cuervos y a Daenerys y sus dragones. En el centro del reino comenzamos con una escena familiar: «Es solo vino», dice despreocupadamente Tyrion a su hermano Jaime al principio del capítulo, mientras este lo bebe pese a su desgana, su torpeza manca y su falta de apetito. El más bajito de los Lannister es el eje sobre el que se construye toda la trama que subyace al enlace matrimonial y el mejor capacitado para sacar todo el jugo a una deriva lógica: la tranquilidad nunca dura demasiado en el nido de víboras de Desembarco del Rey.

Peter Dinklage saca todo su catálogo de gestos serios y graves para primero aconsejar con pesadumbre a su hermano, luego mandar a su amada lo más lejos posible de la tormenta que se avecina, más tarde ver cómo el acero valyrio destroza su culto presente de boda y, por fin, plantar cara al rey de poniente en una escalada de tensión en pantalla que solo puede acabar con uno de los dos fuera de escena. Su duelo verbal con Joffrey, precedido de la teatral pelea de enanos, es sin duda una de las cumbres de lo que va de serie (ya lo avisaba el propio autor). Un goce para el espectador amante del suspense y de la tensión que se puede rebanar con una espada.

Ahora, el espectador que no haya leído los libros de Martin se preguntará quién mató al rey. Rápidamente pensará en Cersei, la reina regente que insiste en serlo y que lanza una mirada inquietante a la copa de vino. O puede sospechar de Sansa Stark, aquella que juró venganza contra los que han matado a casi toda su familia. O del humillado Jaime Lannister. Incluso del propio Tyrion, quien de tan culpable que parece todo indica que no debe serlo. Así se queda pensando el televidente, con la última imagen del rostro púrpura, desencajado, del rey Joffrey («el breve»), mientras suena la canción «Las lluvias de Castamere», con la que Sigur Ros nos devuelve a la fuerza mayor que mueve los hilos de «Juego de tronos»: la venganza.

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