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Fernando Guillén, tablas de madera noble
El actor, como siempre a pie de escenario

Fernando Guillén, tablas de madera noble

Almodóvar, Saura, Suárez, Garci, Álex de la Iglesia, el "cine quinqui"... Nada se le resistió a uno de los actores más versátiles de nuestra escena, dotado de una formación teatral tan sólida como hoy insólita

Día 17/01/2013 - 18.59h

Evidentemente es ley de vida, pero entristece comprobar cómo, de un tiempo a esta parte, el cine español está perdiendo a sus grandes clásicos a pasos agigantados: Galiardo, Larrañaga, Gracia, Leblanc... Y hoy ha caído la bola negra en la casilla de «un actor que dominaba el lenguaje gracias a su auténtica esencia teatral». Palabras de Gonzalo Suárez que definen las tablas de madera noble que tapizaban de arriba abajo a Fernando Guillén, y que le auparon en volandas hasta ganar un Goya («un accidente de carretera, aunque muy merecido», recuerda el cineasta asturiano) por su crepuscular Don Juan en los Infiernos (1991).

Muchos años antes, casi 40, arrancó su carrera el intérprete barcelonés en el Teatro Español Universitario, campo del gas para sparrings de la talla de Adolfo Marsillach, Agustín González y Juanjo Menéndez. Siempre sin perder su esencia teatral, que le llevó a protagonizar múltiples y memorables «Estudios 1» en Televisión Española, saltó al cine en los 60, con un surtido completo de filmes: con su mujer Gemma Cuervo rodó El mundo sigue (1963), de Fernando Fernán-Gómez, y con Marisol, Búsqueme a esa chica (1964). Siguieron los inevitables ozores, lazagas, landas y conchitavelascos (El adúltero, Vente a Alemania, Pepe, La decente, Matrimonios separados), hasta que, en los ochenta, el cine quinqui le adopta como contrapunto autoritario, paternal y algo facha. Películas como Los últimos golpes del Torete, El pico II o La estanquera de Vallecas multiplicaron la popularidad del actor entre el circuito pantanoso y cheli de cines de barrio.

Cartel de Don Juan en los Infiernos, por la que ganó el Goya al mejor actor principal en 1991

El remate fue Almodóvar, quien le introdujo en su troupe en un par de filmes tan aspaventeros como La ley del deseo y Mujeres al borde de un ataque de nervios. A estas alturas de la película, Fernando Guillén podía permitirse el lujo de actuar donde le viniese en gana, saltando de un verso de San Juan de la Cruz en La noche oscura (1989), de Carlos Saura, a una ráfaga radioactiva en Acción mutante (1992), de Álex De la Iglesia. Todo eso, sin olvidar sus vocaciones teatral, televisiva y hasta de actor de doblaje. Los últimos años de su carrera solía aparecer junto a sus hijos Fernando y Cayetana, y en películas de Garci, amigo y compañero de tertulias altas en cinefilia y nicotina (La herida luminosa, El abuelo, You're the one, Tiovivo c. 1950, Sangre de mayo). Y, de remate, puso su granito de arena para que Todo sobre mi madre (1999) colocase el primer Oscar en las vitrinas de Almodóvar, que hoy le recuerda como «leal, implicado, con gran sentido del humor, entusiasta, moderno... para mí era como de la familia». Y para casi todos.

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