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Crítica de «Paraíso»: Los paraísos de un cineasta perturbado
Una escena de la película

Crítica de «Paraíso»: Los paraísos de un cineasta perturbado

Como la cartelera veraniega es un cruce entre jardín de infancia y visiones varias del futuro apocalíptico, conviene apuntar la presencia en ella de un director como el austriaco Ulrich Seidl, que utiliza el cine con la misma cara perversa que un barman utilizaría el alcohol de quemar para hacer un cóctel.

Día 23/08/2013 - 10.00h

Cualquier película de Seidl es un lingotazo abrasador no de la garganta sino de los ojos, y tiene ahora el espectador oportunidad de comprobarlo con su trilogía Paraíso: la semana pasada se estrenó Paraíso: amor, hoy se presenta Paraíso: fe y la próxima semana le toca el turno a Paraíso: esperanza. Por el motivo que sea, el caso es que Ulrich Seidl está obsesionado por fotografiar y enseñar el lado más tortuoso y feo del ser humano, y lo hace con un cine durísimo, desprovisto de piedad, saturado de realismo no sucio sino enfermo, humillante y provocador... Hay que decir que también muy eficaz y «resultón»..., otra cosa es que encuentre a alguien que disfrute viéndolo.

En Paraíso: amor no habla del amor, sino de la degradación del sexo mediante una historia de turismo sexual de alemanas inmensas y de edad provecta en un hotel de lujo en esas playas africanas llenas de cocoteros, cócteles con paraguas y jovencitos como leznas que venden un rato de turgencia por unas monedas. A un cineasta con corazón, este viejo asunto le serviría para observar a sus personajes y mostrar de ellos, además de ese fragor entre pliegues sebosos y negruras erectas, pues la soledad o la necesidad (la edad), el desequilibrio o incluso el instante en el que el placer y la vergüenza se aniquilan mutuamente, pero a Ulrich Seidl le late el corazón tanto como a una alcachofa y es incapaz de ver (o de mostrar, al menos) el menor síntoma de humanidad en sus personajes; sólo ofrece sordidez y desconcierto, que alcanza límites de arcada en una larga y animal escena de sexo multitudinario que se confundiría con la despensa de ganado vacuno en un mercado de abastos. Y a pesar de ello, hay más sustancia en su visión paradisíaca del amor que en la de Paraíso: fe, pues Seidl se queda en una idea del misterio de la fe a la altura intelectual de una despedida de solteros; para hablar de ello, muestra a una mujer chalada, que se azota frente a la Cruz, que ha convertido sus creencias en sandeces y que (¡!) está casada con un musulmán paralítico. El argumento sólo se sale del tópico religioso más banal para caer en las previstas escenas de sexo rijoso y feo con el único fin de que su chalado personaje le dé un uso aberrante a la Cruz. Y ya ha llegado Ulrich Seidl a donde iba: a certificar que no tiene nada que decir sobre la fe y a que él hace un cine de envoltorio

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