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Crítica de «Mandela, del mito al hombre»: Grita libertad

La escueta biografía de Nelson Mandela parece una ilustración de manual, o casi una caricatura...

D�a 21/01/2014 - 13.32h

Hay un tipo de producción que es "carne de Oscar" y que enseguida, precisamente por ello, pone al cinéfilo avisado en alerta roja: son películas terriblemente conscientes de su condición de obras de prestigio, que suelen sobresalir en aspectos externos como el diseño de producción o la vistosa caracterización de los actores principales, pero a las que nunca se podría acusar de ningún tipo de atrevimiento formal o narrativo.

Ofrecen lo contrario de una experiencia excitante, son el prozac o el bromuro de la experiencia cinéfila, y nunca puede uno esperar que marquen sus mejores tantos desde el ángulo más inesperado, según la inmortal metáfora deportiva que Manny Farber aplicara a su querido cine de serie B. Desde el comienzo, con esas escenas de niños corriendo a cámara lenta como si supieran todo lo que se les avecina, con esa poderosa música coral ya tópica desde el "Graceland" de Paul Simon, esta largamente demorada versión de la escueta biografía de Nelson Mandela parece una ilustración de manual, o casi una caricatura, de ese biopic de prestigio que nace con vocación de ganarse un hueco en la ceremonia de las estatuillas, ya que no en el corazón del aficionado o en la historia del cine.

En estricta justicia, hay que reconocer que Mandela marca algunos tantos tanto más inesperados en cuanto que, a esas alturas, uno ya había perdido toda esperanza y la cosa se le estaba haciendo casi tan larga como (exagero) los 27 años de encierro que sufrió el admirable Madiba. Tienen lugar precisamente cuando sale de prisión y se concretan en el memorable discurso televisado que lanzó Mandela pidiendo contención a su pueblo (y en los primeros planos de los rostros de quienes le escuchan), en la música que acompaña la secuencia de montaje de las primeras elecciones libres que dieron la victoria al ANC (Congreso Nacional Africano), y en el majestuoso paseo callejero de Nelson y Winnie cogidos de la mano que no por casualidad parece "anticipar" el de los Obama en una situación similar.

Claro, esto son eventos históricos y a la vez momentos emotivos que sólo un realizador muy patoso habría conseguido estropear, y eso que el televisivo Justin Chadwick había dado pruebas de que era capaz de hacerlo, consiguiendo el milagro de fluctuar entre la vida privada de Mandela y la vida pública de su país, sin decir nunca nada relevante sobre ninguna de ambas, y haciendo que casi echáramos de menos el plúmbeo modelo carne-de-Oscar del Attenborough de Gandhi o de Grita libertad. Uno al que echa de menos es al Morgan Freeman de Invictus, película que explicaba mucho mejor y con menos metraje lo público y lo privado de Mandela. Y eso que Idris Elba encarna aquí su figura divinamente, luchando por hacer de él algo más que un icono posando en escorzo, una estatua en busca de estatuillas...

Calificación: 2/5

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