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La invención de Hugo... y Méliès
Ben Kingsley, a la derecha, permite que el genio que inventó la magia del cine, Méliès, cobre vida

La invención de Hugo... y Méliès

El domingo, junto con ABC por solo un euro, la genial película

D�a 23/01/2014 - 10.09h

Hubo quien se sorprendió de que el siguiente proyecto de ficción de Martin Scorsese, tras la alucinatoria «Shutter Island», fuera la adaptación de una novela juvenil, «La invención de Hugo». Pero en realidad, para quien la conociera, no había nada de extraño: al fin y al cabo, y sobre todo, Scorsese ama el cine como pocos (como demuestra su imprescindible documental «Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano», de 1995), y el libro de Brian Selznick es, sobre todo, un homenaje a quien, para muchos, es el verdadero padre del cine: George Méliès (1861-1938).

Porque si hemos de ser justos, gente como los hermanos Lumière o los ingenieros a sueldo de Thomas Alva Edison pusieron las bases técnicas para el nacimiento del cinematógrafo, pero fue necesario que alguien comprendiera en toda su extensión el potencial artístico y de entretenimiento del nuevo aparato. Ese alguien fue Méliès.

Procedente del mundo del teatro y de la magia, donde era todo un experto en montar ilusionismos y trucos que dejaban al público boquiabierto, Méliès se hizo con uno de los primeros cinematógrafos, y comenzó a descubrir (como de forma paralela haría también el español Segundo de Chomón) las posibilidades que tenía para el trucaje: cómo deteniendo el rodaje, quitando personajes y cortando fotogramas podía hacer desaparecer repentinamente a un actor; cómo jugando con las perspectivas podía hacer que un gigante se moviera entre un grupo de enanos; o cómo, con las sobreexposiciones, un personaje podía literalmente perder la cabeza y hacer que ésta cobrara independencia.

BALA EN EL OJO DE LA LUNA

Méliès deslumbró a un público que asistía divertido a cortos pícaros en los que toda maravilla era posible. Para rodarlos, se hizo construir un delicioso estudio de cristal (reconstruido al detalle en la cinta), y fue allí donde pergeñó su obra más inmensa e inmortal, «Viaje a la Luna» (1902), libremente inspirada en Julio Verne, y que aún hoy sigue subyugando a todos los públicos, especialmente el mágico momento en el que la bala en la que viajan los protagonistas impacta contra el ojo de una Luna gruñona.

Pero llegó la I Guerra Mundial, y las cintas de Méliès pasaron a considerarse demasiado frívolas. El público le dio la espalda, el cineasta se arruinó, y su nombre cayó en el olvido. Tuvo que malvivir con un quiosco de juguetes y golosinas en la estación de Montparnasse, como aparece en el film. Allí sería redescubierto por casualidad por un periodista admirador, y a partir de 1925 la vanguardia le reivindicaría.

Falleció en 1938 con su nombre recuperado, y ahora Scorsese hace lo propio para las nuevas generaciones con una interpretación magistral de Ben Kingsley, que literalmente hace que el genio cobre vida ante nuestros ojos.

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