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Crítica de «Nymphomaniac. Volumen 2» (*): Donde dice volumen, poner bulto

La primera pregunta sería por qué le dedica tanto tiempo a unos personajes que desprecia

Día 24/01/2014 - 02.49h

Consumidas o consumadas ya las cuatro horas largas (en su versión corta) de esta película con cresta, uno llega a la conclusión de que Lars Von Trier desprecia a sus personajes, a los principales (la ninfómana narradora y el paciente y reflexivo escuchante) y todo el orfeón de secundarios.

Naturalmente, la primera pregunta sería por qué le dedica tanto tiempo a unos personajes que desprecia, y la única respuesta que la lógica me propone es la de soltarnos una vidriosa matraca sobre los caninos del sexo, los incisivos del deseo, los molares de la moral, las caries del dolor placentero, los artilugios de la pesca, los resortes musicales de Bach, los vericuetos del código de Fibonacci y la irresponsable levedad del ser..., con el culo en pompa.

No hay segunda película, del mismo modo que no había una primera: es un relato lineal, unas "memorias" pretendidamente organizadas por "temas" o capítulos en los que se mezclan unas correrías disparatadas del personaje con el aliño de los sentimientos extremos que las alientan, y con las reflexiones eruditas, poéticas o metafóricas de ese absurdo contenedor de basura sin reciclar en que queda convertido el personaje que interpreta Stellan Skarsgard.

Hay que suponer que en ningún momento tiene la intención Lars Von Trier de que nadie entienda el ensortijado interior de esa mujer que interpreta Charlotte Gaingsbourg, pues ni ella misma es capaz de transmitir más cosa que perplejidad y abulia con su personaje, como en esa escena (la más insolente de filmar) en la que posa con carita de medalla de consolación entre dos inmigrantes negros con sus penes erectos. Y si aún quedara algún atisbo de cordialidad con estos seres y sus sentimientos, el final lleno de cinismo y disparate lo manda a hacer gárgaras.

Calificación: *

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