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Crítica de «La gran estafa americana» (****): Una sinfonía del exceso
Jennifer Lawrence y Amy Adams, en una escena de la película

Crítica de «La gran estafa americana» (****): Una sinfonía del exceso

Russell relata con absoluto control -no decimos mesura- una historia excitante en una época descontrolada: los excesivos años 70

D�a 31/01/2014 - 09.20h

Un título favorito en la carrera a los Oscar pero también una de las mejores películas americanas de la temporada para quienes solemos abominar del conservadurismo de la Academia. Esto parece ser una especialidad del director David O. Russell, quien hace un par de años logró la misma proeza de satisfacer gustos muy diferentes con aquella love story disfuncional llamada El lado bueno de las cosas.

Sus dos protagonistas, Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, repiten aquí; si bien tan solo son la pareja secundaria, no quiere decir que no tengan un enorme peso específico porque esta larga película, que se pasa como un suspiro, es un triunfo en muchos aspectos y el primero de ellos es la dirección de actores. También es un triunfo del diseño en el sentido más convencional, sí, de peluquería y vestuario: más allá de la fidelidad a una época, lo que connota el excesivo look de los personajes (no se pierdan, por favor, los rulos del agente federal Cooper) es la locura de los años 70, que ahora parecen haber sustituido a los 50 de Lucas y Spielberg como lugar privilegiado de cierto imaginario americano, mirado con más horrorizada fascinación que con nostalgia.

Pero hablemos de los actores. Lawrence en particular sorprende en un papel de «arpía» lustrosa de combustión lenta y estallido imprevisible: esta joven actriz va camino de merecer que la llamemos monstruo en el sentido más teatral y admirativo del término. Sobre la pareja principal, unos grandiosos Christian Bale y Amy Adams, cuesta escatimar adjetivos. Además de hacerse lo que se llama un Toro salvaje apareciendo deformemente fofo, Bale se une al podium mundial de actores de «mal pelo», a la altura de Samuel L. Jackson y Sean Penn, con un «capilar» del que cuesta arrancar la mirada tanto como del vertiginoso escote de la usualmente recatada Amy Adams (¿recuerdan su princesita de Encantada?) y eso no es ni siquiera lo más llamativo del trabajo de esta inteligente actriz.

La historia es la de una pareja de timadores que contrata «voluntarios a la fuerza» el FBI para tentar y pillar en flagrante delito de corrupción a congresistas y munícipes. La idea no es -sería lo más fácil y agradecido de dejar caer por parte de Russell- que la agencia gubernamental sea tan deshonesta como los tramposos: si bien el tipo de agente federal que encarna Cooper hace que nuestras simpatías no dejen de estar nunca del lado de los timadores, creo que la diana no se dirige hacia los riesgos de un FBI no regulado.

Basada «parcialmente», según se nos informa, en hechos reales, la licencia artística implícita en esa parcialidad le permite desarrollar una sinfonía del exceso con un paradójico dominio del arte de la modulación. Traduciendo: Russell relata con absoluto control -no decimos mesura- una historia excitante en una época descontrolada -ya lo hemos dicho: los excesivos años 70- y no hay mejor ejemplo que la secuencia de enamoramiento y constitución en pareja artística de Bale y una Amy Adams que se transmuta de repente en lady inglesa?

Los que dicen que esto no es sino una copia del estilo Scorsese en sus sagas de gangsters y brokers (el propio Russell no sólo lo admite sino que incluye un extenso cameo de su actor fetiche) deberían pararse a apreciar la ligereza de esta pieza, no menos rápida pero sí menos «espídica» que las de su modelo italoamericano, por no hablar de sus formidables retratos femeninos, aunque ya sabemos que Scorsese no ha sido nunca un Cukor para sus actrices.

Calificación: ****

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