ABC.es

HoyCinema

patrocinado por .
La cara oculta de cualquier cosa
Philip Seymour Hoffman, en una imagen de 2012

La cara oculta de cualquier cosa

Hoffman asumió al final ese terrible primer plano como solía, desalojándole la calma al domingo de una patada

D�a 03/02/2014 - 18.45h

Ahora toca buscarle un final comprensible a alguien como Philip Seymour Hoffman, un portentoso creador de incertidumbre y turbación en la pantalla, alguien que estrujó el plano hasta que sonaba la alarma, como si entrara en campo con la inminente misión de sacar de allí la calma. Y la súbita noticia de su muerteproducía ayer todo eso, incertidumbre, turbación, alarma..., asumió al final ese terrible primer plano como solía, desalojándole la calma al domingo de una patada. Aunque había hecho ya casi veinte películas, podría decirse que Phylip Seymour Hoffman irrumpió en el sitio en el que le esperaba el cine con «Happiness», ese vitriólico retrato de las zonas oscuras del hombre firmado por Todd Solondz en el que la perversidad estaba vestida con divertidos harapos de normalidad. Esa fue, en realidad, la película en la que este actor advirtió con un allá voy.

Un físico peculiar, como esculpido con más piedra de la necesaria, con un rostro tramado en rojos y amarillos y con una mirada y una sonrisa que animaban a sopesar la cara oculta de cualquier cosa, lo convirtieron en el mejor resumen narrativo de un director como Paul Thomas Anderson, con el que trabajó en «Sidney», en «Boogie Nights», en la increíble «Magnolia», en la delirante «Punch-Drunk Love» y especialmente en «The master», donde su personaje, el iluminado Lancaster Dodds, batallaba en un sorprendente atado de nudos contra el hilo suelto e ingobernable de Joaquin Phoenix, dejando en la pantalla lo que quizá sea la más absoluta y completa lección interpretativa, desde sus extremos hasta sus centros; cualquier cosa que se quiera saber sobre el espolón de dos actores a muerte, está ahí, en esa gallera.

Su huella en la cumbre

Pero su huella en la cumbre es el modo en que se apoderó en «Capote» de las maneras y del alma del escritor. Esa película de Bennett Miller que hubiera conseguido disipar hasta la ingeniosa réplica de Truman Capote, y que sólo podía traerle una respuesta al actor, su Oscar de interpretación. El manto del Oscar le sirvió a un actor tan lleno de capas como Philip Seymour Hoffman para desnudarse un poco, para prestarle ese físico alarmante a películas que lo necesitaban con urgencia, a títulos como «Misión imposible» o «Los juegos del hambre», donde un villano empachado de fulgores rojos y amarillos mantuviera vivo el encendido de la mecha hasta el final.

Su natural facilidad para hornear sin aparente esfuerzo a un gran villano de película convierten aún en más admirable esos escasos registros en los que escondía sus inclinaciones entre las mangas de un personaje enrevesado, más difícil de traducir a los códigos morales previstos, como el rencoroso y emotivo músico que invocaba a Dios y al diablo en «El último concierto». Nadie podría haberle encontrado un resquicio a ese hombre incomprensible de la crepuscular película de Sidney Lumet «Antes de que el diablo sepa que has muerto» salvo él, que misteriosamente entendía (y hacía entender) que lo abyecto era sólo un resorte al alcance de cualquier tipo mediocre.

Alérgico a la claridad, Philip Seymour Hoffman ha muerto poniéndole un pellizco de confusión negruzca al domingo, y su pasado de adicciones y confesiones deja en el aire el mismo ánimo que dejó siempre a sopesar la cara oculta de cualquier cosa.

Comentarios