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Crítica de «Nebraska» (****): Cuando el cine se deja paladear
Una escena de la película de Alexander Payne

Crítica de «Nebraska» (****): Cuando el cine se deja paladear

Hay momentos de tanta hondura de sentimientos que parece que le hubieran pasado esa aspiradora al cuarto de tu existencia

Día 07/02/2014 - 12.10h

El cine de Alexander Payne es como de casa de toda la vida, y va y se entretiene en cosas que, de puro cotidianas, tuyas, como que te tientan los costados. En realidad, no tuyas, sino de cualquiera: habla del fondo de la persona con ese polvo concentrado de quien le cambia la bolsa a la aspiradora. Otras películas suyas, como Entre copas o Los descendientes, conseguían que te bebieras tu ADN con ese gusto en el alma que te hace chasquear la lengua, y algo tan sencillo como que lograras entender lo que ya sabías. Ahora, en Nebraska, ese paladeo se concentra en una historia en elocuente blanco y negro sobre un viejo terco y enajenado que se cree que ha ganado un millón de dólares en un panfleto promocional y que decide ir a cobrarlo a Nebraska, el lugar donde habita su pasado (también el del director, Alexander Payne), y arranca una película que es un viaje junto a su hijo, que tendrá la hercúlea misión de ir entendiéndolo, dignificándolo, asumiendo todo lo que los hilos del pasado tienen de nudos del presente.

Como todo el cine de Payne, esta historia está escrita, interpretada y vista con esa doble ambición que proporciona la ironía del ser humano en contacto con el sarcasmo del paisaje: un viaje a la América profunda para encontrar lo profundo de los personajes, su modo de negociar la vida, el dinero, la dignidad. Hay momentos de tanta hondura de sentimientos que parece que le hubieran pasado esa aspiradora al cuarto de tu existencia, de cualquier existencia. Y es tan precisa la interpretación que de ese hombre extraviado entre sus propios años hace Bruce Dern que dinamita por completo la sólida roca que suele separar la atracción del rechazo, y que convierte no en buena, sino en excepcional, la interpretación que de ese hijo con alma de cántaro hace Will Forte.

Más que de viaje, es una película de encuentro, el de ese hijo con la naturaleza conflictiva y discordante de su padre, y el de ambos con esa raíz semienterrada y moribunda del lugar y los lugareños, y todo ello contaminado por el vaho entre la nostalgia y el fracaso que le da el blanco y negro terminal. Lo de menos es lo que de patraña tiene siempre el millón de dólares; lo grande, lo sustancial, es que, como ha escrito García Calvo, nada más verla sientes la imperiosa necesidad de llamar a tu padre, si la vida y la fortuna te lo permite.

Calificación: ****

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