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Crítica de «Cuando todo está perdido» (***): El viejo, el mar y el tiempo

Un Robert Redford sólo apoyado en una palabra, una exclamación, y en los movimientos del desesperado y trágico ballet de quien tiene su vida en juego

D�a 15/02/2014 - 03.22h

Podría pensarse, a la vista del reto que se impone un actor sagrado como Robert Redford en esta película, que no se está dando a sí mismo eso que se llama una buena vejez. Un personaje sin nombre, sin texto, solo en la pantalla frente a una odisea impropia para su edad, casi ochenta, y enfrentado a las fauces del mar, a los elementos, al «fatum», a la necesidad de irse despojando de todo lo útil e imprescindible para la vida salvo del instinto de supervivencia. Es una película cargada de impresiones, de acción sorda y de sentimientos y frustraciones no traducidas por palabras sino por pensamientos, que naturalmente no se oyen pero se advierten en la elocuencia de los gestos, los actos, la tenacidad, el ingenio, el abatimiento...

El director, J.C. Chandor (en la otra orilla de su anterior película, «Margin Call»), no puede evitar que resuene en su historia el acorde de la de Hemingway, puesto que la lucha del viejo y el mar es la línea en rojo de su argumento, y está el tesón, el orgullo, la capacidad de ir amoldándose a unas circunstancias cada vez más penosas, y de transmitírselo al espectador sin el menor asomo de literatura, mediante acción pura, para lo cual sólo cuenta con la sobreactuación del mar, o el mal, y la «miniactuación» de su intérprete, un Robert Redford sólo apoyado en una palabra, una exclamación, y en los movimientos del desesperado y trágico ballet de quien tiene su vida en juego. Que la edad y la condición de Redford le animen aún a volcarse en un empeño de estas dimensiones, no es más que una reverberación simbólica de lo que en realidad quiere contar Chandor en esta historia del hombre ante la catástrofe y la pérdida de fortaleza y seguridad (el yate, la tecnología, la vejez) a causa del tiempo y sus inclemencias.

El guión está tramado para exprimirle a la historia toda su desventura, pero la cámara la recoge sin el menor asomo de épica, sin perseguir ni adjetivos ni exclamaciones, sólo puro verbo, dejando que se apodere del relato la enorme soledad y porfía del protagonista. Podría reprochársele a Chandor su obcecación por arrinconar cada vez más al viejo solitario contra ese mar espantoso, y por dificultarle al espectador mojarse en la aventura (rehúsa a cualquier conexión sentimental, no sabemos nada de él, ni de su vida, profesión o familia), y también, tal vez, que habiendo sido su relato un perfecto tratado contra le épica decida, al final, permitirse una vía de escape con una inesperada lírica.

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