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Kawase y los Dardenne colocan su cine en la cima del festival
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festival de cannes Kawase y los Dardenne colocan su cine en la cima del festival

«Still the water», un filme japonés con coproducción española, a competición en Cannes

D�a 21/05/2014 - 18.23h

Nunca falla: la competición va masticando remolona películas y películas hasta que, de repente, escupe una pepita de oro, un título para la Palma. «Still the water», una película japonesa con coproducción española (el ojo de Luis Miñarro, un productor de excepciones, habría que empezarlo a estudiar), llegó con la voluntad, la nobleza y el impacto de las revelaciones, aunque su directora, Naomi Kawase, ya no lo sea exactamente, pues su cine anunciaba milagro desde hace algún tiempo.

La mirada de Kawase es exigente con lo que busca pero muy cordial con lo que encuentra, y tiende a resarcir lo inquietante del fondo con lo reconfortante de su forma: mira a su alrededor, a la naturaleza (del hombre y del mundo), con tanto afecto y poética sabiduría que, ante algunos momentos de su cine, Malik se caería literalmente de culo. «Still the water» está rodada en la isla de Amami, un lugar en el que Naomi Kawase reconoce sus raíces y en el que todo está impregnado de esencia divina y de una alegre aceptación de la maquinaria de los ciclos (y ciclones), y se vuelca sin esfuerzo en mostrar el detalle de dos transiciones como nunca antes las había mostrado nadie: la de la vida a la muerte y la de la infancia a la madurez, situándolas ambas en los ojos de una parejita de colegiales.

La escena larga, sorprendente y jubilosa de la muerte de la madre de uno de ellos es uno de esos momentos de cine absoluto, al que uno asiste con la sublime sensación del hallazgo, y que la captura Naomi Kawase en toda su contradictoria emoción, como si fuera una alegre y provisional despedida en el muelle a ese ser querido. El paisaje, el bosque, el mar, cada árbol, cada rama, cada pensamiento, duda y sufrimiento de esa parejita que está calculando su salto al otro lado de lo infantil? Kawase mira todo eso, incluso cuando se enfurece y amenaza (rueda un tifón desde dentro), y nos lo brinda ya domesticado y listo para ser sentido. Recibió un enorme aplauso al final, pero igual de sonoro hubiera sido un indispensable silencio.

«Dos días, una noche»

Y tampoco falla: en cuanto la competición escupe una pepita de oro, hay que estar atentos porque enseguida llega otra. La película de los hermanos Dardenne, «Dos días, una noche», no se parece en absoluto a la de Naomi Kawase, salvo en que tiene una voraz hambre de Palma. Sencillísima, como siempre, pero directa como nunca, la historia de una mujer que tiene ese tiempo para convencer a sus compañeros de trabajo en una fábrica de que han de preferirla a ella que al sobresueldo de mil euros que les ofrecen a cambio de echarla. Aparentemente, un drama laboral, bah, uno más entre millones, pero que la sabiduría narrativa de los Dardenne singulariza hasta convertirlo también en un milagroso tránsito donde veremos moverse el desaliento, la angustia, la dignidad, la necesidad y la brújula del ser humano entre el pan y la honra. Gran trabajo de una Marion Cotillard desglamurizada, que consigue el increíble flujo de que su elegancia y atractivo exteriores se desplacen hacia adentro?

Y curiosamente, algo así pasa con la fascinante Gong Li, la mujer que hipnotizó a Occidente y que ahora aparece absolutamente despojada de encanto exterior en «Coming home», una película de Zhang Yimou que se proyectó fuera de concurso. Preciosa y sentimental historia sobre una mujer traumatizada por la represión de la llamada revolución cultural en China, de su marido que vuelve de una larga «reeducación» y al cual no reconoce, y de su hija, con la fractura emocional de haber sido ella quien denunció a su padre. Carga Zhang Yimou con sentimentalismo lo que ya viene de por sí cargado, como si no confiara en lo turbador de la historia que maneja, pero en todo caso es una película que embauca y emociona.

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