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Assayas, la estelar Binoche y una sombrosa Kristen Stewart ponen el sello a Cannes
Juliette Binoche y Kristen Stewart, sobre la alfombra roja de Cannes

festival de cannes Assayas, la estelar Binoche y una sombrosa Kristen Stewart ponen el sello a Cannes

El jurado decide en una horas un Palmarés para el que suenan los Dardenne, Dolan, Kawase, Sissako, Miller, Assayas y otros diez o doce más

D�a 24/05/2014 - 14.43h

Cerró la partida de cine en competición la película de Olivier Assayas, un clásico (clásico de Cannes, no en el sentido de la perversa narrativa americana), con la película «Sils Maria», en la que deshoja la margarita del tiempo en la doble historia de una actriz, Juliette Binoche, que logró su éxito gracias al personaje de una joven pujante que absorbe, fascina y desplaza a una mujer madura, y que ahora, veinte años después, le ofrecen interpretar ese otro papel, el de mujer madura absorbida y desplazada. La película de Assayas es una compleja mezcla de pasado, presente, ficción, realidad, cine, teatro, dependencia e independencia, que tiene el foco puesto en la relación de esa mujer (Juliette Binoche) con su asistente personal, una magnífica y vitalísima Kristen Stewart detrás de unas gafas.

Assayas ha hecho la película para que se luzca Binoche, cosa que una actriz como ella aprovecha y se come hasta el rabillo de esa fruta, pero la que realmente le da vida a la película, la que ejerce de Eva Harrington sin querer, la que empuja por las escaleras del plano a la estrella es Kristen Stewart, que naturalmente no es vista por nadie y deja la película sin que ni siquiera el director parezca darse cuenta. Ya sabíamos lo que era capaz de hacer Juliette Binoche con un rayito de sol en su cara, pero tiene mucha, mucha más gracia lo que hace la «simplísima» Stewart con un par de dioptrías, una tuerca tatuada en el antebrazo y una idea revolucionaria de cómo se interpreta a un superhéroe. La película, en realidad, tiene más apariencia que meollo, justo lo contrario que Kristen Stewart, con más meollo que apariencia.

La rusa «Leviatán», de Andrei Zviaguintsev, tiene un arranque con los puños cerrados y narra la injusticia que va a sufrir Kolia en clave, casi, de western de vaqueros y ovejeros, cuando el alcalde de la ciudad le expropia sus «tierras», o sea, su casa y el garaje colindante en el que vivieron sus padres y nació él. El director explora con cinismo en ese terreno que hay entre la ley y la justicia, que, tal y como lo describe, en esas zonas rurales de Rusia más que terreno son las grandes praderas.

El tejido de la mafia local envuelve al personaje de Kolia, y la película decide, sorprendentemente, descoyuntarse y contar otra cosa: el gran problema matrimonial de este hombre, su mujer deprimida, su hijo furioso, su amigo abogado y zascandil, y la enorme capacidad del ruso acorralado para meterse vodka en el cuerpo en tales cantidades que aun si fuera agua sería excesiva y perjudicial. A Zviaguintsev se le va la película al borde de un precipicio, cambia el «western» por el cine psicológico y el discurso de lo digno por el de la iglesia ortodoxa. No es raro liarse con las intenciones del director ni con las de los personajes.

Y se queda esta edición de Cannes en ese punto de desmayo hasta que el jurado decida sus premios, una Palma de Oro que, según la crítica francesa debería ir a los Dardenne o a Assayas, y según mi opinión personal le pertenece sin discusión a Naomi Kawase y su cine insólito en «Still the water». El premio a la interpretación femenina será difícil que lo gane otra actriz que Marion Cotillard o Juliette Binoche (a pesar de la gran actuación de la gritona, deslenguada y magnífica Anne Dorval, la madre en el film de Xavier Dolan). Tendrán que buscarle un acomodo en el Palmarés a la turca «Winter Sleep», a la de «Timbucktú» y a la sorpresa que se les ocurra, que no será, me imagino, esa vitriólica, sorprendente y divertida película argentina titulada «Relatos salvajes».

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