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«Sin quejas»
Rodrigo Cortés, en ABC

la tercera «Sin quejas»

El director y productor de cine Rodrigo Cortés expone en La Tercera de ABC su punto de vista sobre las nuevas desgravaciones al cine: «Lo primero, dejar de llorar. Lo segundo, dejar de pedir. Y empezar a ofrecer», afirma

D�a 02/07/2014 - 18.14h

Lo estamos haciendo mal. Nosotros, los cineastas. Otros no lo hacen mejor, pero a nosotros no se nos está dando bien hacernos responsables de nosotros mismos. Sembramos nuestras declaraciones de quejas, de lamentos. Queremos que empaticen con nuestros llantos. Y nadie quiere oírnos llorar. Yo mismo no quiero oír llorar a nadie. No soy ningún experto en mujeres, pero dudo que nadie haya conquistado nunca a nadie a base de lloros. Dudo que una mujer seria, bella por dentro y por fuera, dueña de sí misma, se sienta inclinada a explorar el atractivo de quien constantemente se lamenta de su mala suerte y del injusto trato que el mundo le procura. En lo personal, no creo merecer demasiadas cosas. Más bien concibo la vida como la oportunidad de modelar el temperamento a través de las dificultades y hacernos acreedores de nuestros propios logros a golpe de improbabilidad y carácter. No se me ocurre quién puede ser el culpable, salvo yo mismo, de mi infelicidad. No hablo, claro, en nombre de nadie, sólo -y con dificultad- en el propio.

Acaba de hacerse público un anteproyecto de ley que, tras años de negociaciones, mantendría las deducciones fiscales por la inversión en cine más o menos como estaban. Un poco peor de lo que estaban. Gente más autorizada que yo habrá para explicarlo con detalle, pero basta un vistazo a sus propuestas para comprender que nuestro país quedaría en una posición muy poco competitiva ante países equivalentes. El anteproyecto de ley vaticina, por un lado, una época durísima para las películas españolas con presupuestos medianos y vocación industrial y el más que probable encogimiento del brazo inversor extranjero en busca de parajes más conocedores de las consecuencias de las leyes que promulga.

En lo personal, renuncio a hacer una interpretación ideológica de lo que está sucediendo. Si cada vez que algo no sale como queremos anunciamos el fin del mundo y plañimos con desgarro mirando al cielo, sólo generaremos anticuerpos en el respetable, que ni está en el cielo ni tiene ganas de escuchar lamentos. Especialmente porque, acabado el año, verá que el mundo, después de todo, no se ha acabado. Parto de la buena fe de los actores implicados y me niego a ver en esta negociación otra cosa que una metáfora de la vida: multitud de intereses diferentes tratando de salir victoriosos del baile esgrimiendo motivaciones nobles y espurias, razonables y egoístas. Una ley no es buena o mala porque perjudique o beneficie a una u otra parte; no hay ley que no perjudique a nadie, como no hay ley que a nadie beneficie. Una ley es mala si no responde a los motivos que la justifican, si resulta contraproducente para sus propios objetivos, si se revela ineficiente para la consecución de las metas por las que la propia ley nace. Como parece ser el caso de esta. No creo que la actitud del gobierno, de cualquier gobierno, responda a venganzas personales, y menos contra nosotros, que ?afortunadamente? no importamos a nadie. La gente del ballet y la ópera no importa menos que la del cine y, aun conduciéndose con mayor discreción, ha sido dañada por ciertas decisiones de forma equivalente. Las cosas no eran mucho mejores antes. Ni mucho peores. Ni antes de antes tampoco. La cultura, como indefinido sector, nunca ha sido del interés de nadie, no por inquina personal o desprecio ideológico (me aventuro a dar por hecho que la mayoría de ministros que en el mundo han sido disfrutan de la música y la lectura como cualquier civil sin cartera, y aun más que la mayoría por tener, en principio, asegurado su sustento), simplemente no es asunto que procure votos. ¿Qué podemos hacer si no queremos que nadie vea en nuestras palabras el pobre disfraz de un llanto apenas disimulado? En realidad, no lo sé. No mucho, en cualquier caso. Lo primero, dejar de llorar. Lo segundo, dejar de pedir. Y empezar a ofrecer.

Buried se rodó íntegramente en España. Luces Rojas, al 82%, con un presupuesto de 13 millones de euros, aproximadamente. ¿Recibió Luces Rojas subvenciones públicas? En teoría sí: 1 600 000 euros; un 12% más o menos de su presupuesto global, lo que significa que casi el 90% de su coste se financió con inversión privada. Y digo «en teoría» porque esos 1 600 000 euros, años después, aún no se han pagado. ¿Cuánto ha reportado a cambio esta producción al Estado sólo en Seguridad Social e IRPF como consecuencia directa de la filmación de la película en nuestro territorio? Curiosamente, 1 600 000 euros. Sin sumar el IVA, de más difícil cálculo (no inferior a los 500 000 euros adicionales). Eso significa que, sólo en impuestos directos, el Estado ha recuperado la totalidad de la subvención otorgada ingresando, además, mucho más dinero del invertido. Sin hablar de los 4 000 puestos de trabajo creados. Así que eso es lo que puede ofrecer una película como esta: la devolución de las subvenciones recibidas, la atracción de capital internacional a nuestro país y la generación de miles de puestos de trabajo sin contar con el gasto local y el prestigio internacional que procuran al país algunas de nuestras mejores obras.

Aún hay mucho tiempo para debatir, para hablar y discutir. También para callar. Muchas cosas cambiarán de aquí a seis meses y muchas cambiarán después. Unas nos perjudicarán, otras ya lo han hecho, otras nos favorecerán (muchas ya nos favorecen y, dándolas por hechas, nada decimos de ellas). Aún hay tiempo para escuchar y aún hay tiempo para rectificar. Y si entretanto un meteorito cae sobre la Tierra golpeando su superficie y se acaba, después de todo, el mundo, un puñado de desconcertados supervivientes emergerá de sus sótanos para empezar de nuevo el día y cada uno de ellos descubrirá que tiene la misma responsabilidad que tenía antes de ser feliz. Aunque ya no haya cines.

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