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«La isla mínima» abre la competición y echa el primer órdago
Jesús Castro, Raúl Arévalo, Nerea Barros y Antonio de la Torre (d), posan junto al director Alberto Rodríguez

«La isla mínima» abre la competición y echa el primer órdago

La cinta de Alberto Rodríguez llega a San Sebastián con la bendición de favorita

Día 22/09/2014 - 01.48h

La Sección Oficial de esta edición del festival no se distrajo ayer ni en un asalto de tanteo, y salió como salía Mike Tyson en su mejor época, como un toro de chiqueros. Una película española que llega aquí con la bendición de favorita, «La isla mínima», de Alberto Rodríguez, y lo último de dos directores, François Ozon y Bille August, con ese prestigio de los que van a los festivales a ganarlos. Lo más interesante de la jornada ha sido «La isla mínima», uno de esos policíacos profundos que te dejan la sensación en el paladar y en el estómago como de haberte comido a escondidas la caja entera de polvorones. Y lo más decepcionante, lo de François Ozon, «Une nouvelle amie», uno de esos disparos al pie que tanto le gustan al director francés propinarse de vez en cuando.

Alberto Rodríguez hace un cine perfectamente situado en su lugar y época («Siete vírgenes», «After», «Grupo 7»?) y en esta película nos ofrece una visión «googlemap» tanto del espacio, las marismas del Guadalquivir, como del momento, los albores de una sociedad recién arrancada del franquismo, y nos sumerge en un argumento sucio en el que unas jóvenes son torturadas y asesinadas y una desequilibrada pareja de policías ha de resolver el caso. El director ofrece mucho clima e intriga, pero sobre todo husmea y retrata el carácter de un pueblo y de sus personajes. Ambos territorios, el de la intriga policial y el del retrato de una sociedad que cierra las puertas a su espalda, se solapan, se influyen y se dan sentido el uno al otro, como esos dos policías, dos éticas, dos pasados, un futuro? Es impresionante el personaje que construye Javier Gutiérrez, en el que lo épico y lo inaceptable se amasan dentro de una complejidad moral que es metáfora pura del costurón de España, y con el contrapeso del policía cabal y presto a descabalarse que interpreta Raúl Arévalo. Hay mucha trama, mucha hilacha que se queda suelta, mucho argumento que no se resuelve dentro de la película sino de uno mismo, pero todo está preciso, lejano, real y virtual como en esa geografía de «googlemap» que son el marco de «La isla mínima».

Celebrando la muerte

Bille August se presenta muy en Strindberg con «Silent Heart», una pieza familiar e invernal en la que tres generaciones se reúnen en la casa un fin de semana para celebrar ¡el último día de vida de la madre!, enferma terminal que ha decidido, y con el consentimiento de su marido e hijas, darse el pasaporte antes de que su enfermedad la convierta en un vegetal. Muy intensa, y dramática, y emocional, magníficamente interpretada, convenientemente manipuladora, «Silent Heart» se convierte en un elogio sin contraplanos de esa «buena muerte» que ya se empieza a sospechar como uno de los grandes negocios de este siglo o el siguiente: ¿Por qué esperar a mañana?, no sea tonto y muérase hoy.

Al contrario que la de Bille August, la de François Ozon era descacharrante, aunque muy a su pesar. La historia parecía un conglomerado de diez o doce películas de Almodóvar, pero sin timbre ni sello, incluso tenía algún momento de «Hable con ella»? El pastiche erótico sentimental entre una joven, el marido de su mejor amiga recién fallecida, los suegros, y el propio marido de la joven adquiere, según avanza el argumento, tal colorido chillón que hasta le hubiera venido bien un número musical al estilo de «Los amantes pasajeros». El caso de François Ozon es singular, pues es tan rotundo en sus aciertos («En la casa» ganó la Concha de oro hace tres años) como inmejorable en sus fracasos: el espanto alcanza aquí la altura de «Ocho mujeres», y tiene momentos, de cine, de discoteca, de confesiones, de ducha y vestuario, en los que se atraviesa holgadamente la línea del bochorno y ya puede uno hasta empezarse a divertir.

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