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Entre lo porno de Gaspar Noé y lo gráfico de Jacques Audiard
Jacques Audiard, durante la presentación de «Dheepan» en el Festival de Cine de Cannes

Festival de Cine de Cannes Entre lo porno de Gaspar Noé y lo gráfico de Jacques Audiard

El hito de Hou Hsiao-Hsien: consigue narcotizar una sala entera con «Assassin», un filme de artes marciales

D�a 22/05/2015 - 12.27h

La película potente y seria de la jornada era la francesa «Dheepan», de Jacques Audiard, pero la dejaremos para el final porque lo realmente extraordinario lo trajeron la del chino modorro Hou Hsiao-Hsien, y su producto de parafarmacia contra la hipertensión, «El asesino», y Gaspar Noé, cineasta francoargentino al que algunos consideran el más grande renovador del lenguaje cinematográfico desde que Orson Welles echó barriga, y que traía (fuera de la competición y de sus horas infantiles) una peli porno en 3-D con el insospechado título de «Love».

Para entrar a la proyección de «Love», había que prepararse una coartada sólida mientras se exponía uno en las concurridísimas colas (y yo confieso que no encontré ninguna coartada, ni sólida ni líquida, por lo que, como todo el mundo con el fenómeno de la pornografía, hablaré de oídas). Una expectación tal vez ocasionada porque su argumento parecía sumamente original sobre el papel: un tal Murphy recuerda su relación con una tal Electra, que consiste básicamente en un dale que te pego incesante y nunca visto anteriormente salvo de oídas. Al parecer, el 3-D le otorgaba a los momentos felices de la pareja, o el trío, una espectacularidad y un «ahí va el Ebro» dignos de la fantasía de Disney-Pixar. Lástima no poder entrar en detalles.

Y aún más extraordinaria fue la del chino Hou Hsiao-Hsien, con el título no homologado del cineasta con la mayor cantidad de público amodorrado en una sala, y que batió su propio récord a lo grande, con una película del subgénero wuxia, que es como se llaman las de artes marciales y fulanos con espadas. Impresionante. Sólo alguien con el talento de Hou Hsiao-Hsien es capaz de contar la misma historia de siempre (un señor feudal, otro personaje, aquí femenino, que ha aprendido todos los secretos de la lucha con unos misteriosos maestros, muchas tensiones entre las regiones tal y cual de la dinastía Tang, y entre el maestro tal y el maestro cual?, en fin), o sea la sinopsis que se van pasando unos a otros, pero que en el caso de Hsio-Hsien adquiere otra dimensión: no se entiende nada, a pesar de estar tan vista.

La heroína, que es también la asesina (aunque mata poquísimo), tiene la tensión descaradamente baja, y sólo una línea de texto; todo lo que ocurre en la pantalla, entre sedas magníficas, velos y gasas que envuelven la escena, y una luz de velas que no contribuye al insomnio, es mucho parloteo sobre si Tian Ji (¿?) va o no va a la provincia de Weibo (¿?) o sobre si el padre de Nie Yinniang (¿?) está al corriente de lo que pasa (¿?)? Personalmente, estoy dispuesto a considerarla una obra maestra del cine y un vértice, un antes y después en el cine wuxia, y más aún cuando al final, los que no conseguimos el estado hipnótico que busca, pura narcolepsia, asistimos a la cumbre metafórica de ver unas cuantas cabras en el trance de masticar y moviendo elegantemente la perilla: ¡Cáspita!... Hou Hsiao-Hsien ha conseguido la imagen perfecta del «selfie» en una sala entera de cine, o al menos, en la butaca que uno ocupaba.

«Dheepan» tenía mucho menos mérito, pues sólo contaba la historia de un guerrero tamil que consigue huir de Sri Lanka con una mujer y una niña que hace pasar por su familia, habiendo perdido a todos los suyos. Y se instala en los arrabales de París, donde pronto descubre que hay otra guerra tan distinta como parecida. Audiard narra con gran sentido y precisión la angustia, la perplejidad, la difícil adaptación y la cautela y desconfianza de esos personajes en ese mundo tan extraño. Acierta en la distancia de su cámara y en la de esos personajes entre ellos mismos y los demás: genial la imagen de ese hombre embadurnado de dolor, sangre y pérdida, que es sustituida en un chasqueo de cámara por otra en la que lleva un artilugio luminoso en la cabeza, y mecheros y cachivaches en las manos mientras los intenta vender en las noches de París. Tal vez no sea la mejor película de este festival, pero sale uno de ella mirando de otro modo a los que venden paraguas y yoyós de neón en las esquinas de Cannes.

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