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Crítica de «Gremlins»: un divertido cuento de horror para adolescentes

Crítica de «Gremlins»: un divertido cuento de horror para adolescentes

Con abundantes monstruitos, en la película prima la fantasía y los efectos especiales. ABC regala la película junto a otros clásicos ochenteros a los más originales de un divertido concurso

D�a 09/05/2016 - 15.04h

¿Recuerdas aquella vez que viste por primera vez a esos adorables «peluches» que se podían transformar en seres diabólicos? ¿O con quién y cómo viste aquella película que marcó a una generación?

Haz memoria, porque queremos que nos cuentes cómo fue tu primera experiencia al ver los famosos «Gremlins». Seguro que solo oír su nombre te trae a la memoria recuerdos de risas viendo sus disparatadas escenas, y eso es lo que queremos que nos cuentes.

Si aún no la has visto o no la recuerdas, también tendrás tu oportunidad para participar. Dinos con quién te gustaría verla y por qué de la manera más creativa que se te ocurra.

Entre los relatos más originales de esa experiencia única viendo esta cinta regalaremos nuestra colección de películas «ochenteras», que comienzó el 13 de septiembre y que se puede conseguir cada domingo.

Consulta en este link la manera de participar.

Aquí os dejamos la crítica que hizo ABC, concretamente Pedro Crespo, de la película:

El cine norteamericano domina, prácticamente, el mercado occidental y parte del oriental. El cine de temática juvenil, hecho a la medida de esa mayoría de espectadores de menos de veinte años, domina a su vez a la industria norteamericana. Y el resultado es esa serie de historias de albóndigas, danzantes de «break», guerreros espaciales, alumnos de policía, corazones verdes e Indiana Jones, qué abarrotan en estos momentos la cartelera madrileña. «Gremlins» es, en su estructura de película juvenil, un cuento con moraleja; un cuento fantástico que transcurre, además, en Navidad, y en el que se ha insertado, a modo de trufa gigantesca, lo esencial de una historia de terror.

El relato se inicia en una tienda escondida del barrio chino de una ciudad americana. Allí, el señor Peltzer, inventor de una larga serie de artefactos caseros, perfectamente inútiles, encuentra un original regalo de Navidad para su hijo casi veinteañero, Rand, que trabaja en un Banco y atiende, prácticamente, las necesidades económicas de su familia, completada por una madre afable, bondadosa y valiente. El «regalo» es un animatito desconocido, como un cruce entre pequinés y murciélago, dotado de unos ojos inmensos, uñas, descomunales orejas, tacto como de peluche y una graciosa modulación musical. El señor Peltzer, que ha adquirido la mascota para su hijo con la oposición del dueño de la tienda, escucha las recomendaciones de quién se la vende, propias de un cuento de hadas: no someterla a la luz intensa, que la puede matar; no ponerla en contacto con el agua y, sobre todo, no darle de comer después de las doce de la noche. Et juguete animado es recibido con alborozo por la mínima familia, perro incluido.

Pero, incumplidas por diversas circunstancias las dos últimas condiciones, el tierno cuento se convierte en pesadilla de horror, con bastantes incrustaciones humorísticas. Por supuesto, todo concluye como debe de concluir. El cuento regresa, con su correspondiente y poco convincente moraleja, dejando englobada y bien cerrada la pesadilla. Superficialidad, simpleza si se quiere, en el principio de la narración, ritmo trepidante en la parte central, y moralina tranquilizadora al final, no excluyen el aludido humor y un ternurismo que, aún siendo trasnochado, al hacer balance, no molesta. «Gremlins» queda como un filme habilidoso, hecho para ser multitudinariamente bien acogido, no recomendable para los menores de trece años -tal es su clasificación oficial-, emulsión de «E. T.» y de «Poltergeist», por citar dos claros antecedentes, debidos en mayor o menor grado a la inspiración o al olfato comercial de Steven Spieiberg, que goza de una buena fotografía, unos efectos especiales soberbios en su aparente sencillez; una música irregular, pero que no desentona, y una interpretación eficaz, pese a la escasa definición de algunos personajes.

Zach Galligan encarna con monolítica propiedad al casi siempre atribulado joven Peltzer, destinatario de la «mascota» y responsable, por ello, de los posteriores desafueros de su progenie. Menos afectiva aún, pero mucho más guapa, resulta Phoebe Cates, que incorpora a la obligada presencia femenina, pareja romántica del protagonista. Con todo, los mejores trabajos corresponden a Hoyt Axton y Francés Lee McCain como el matrimonio Peltzer. Y son, asimismo, destacables Polly Holliday, que anima el personaje de una malvada casera, y Dick Miller, que hace otro tanto con el de un vecino nacionalista al cien por cien.

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