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Darín es la magdalena y todos son la leche
Javier Cámara y Ricardo Darín, en el Festival de Cine de San Sebastián

Darín es la magdalena y todos son la leche

Enorme éxito de «Truman», de Cesc Gay, que abre la competición y se coloca de favorita

D�a 20/09/2015 - 18.24h

La primera película en atravesar la pasarela de la competición fue «Truman», de Cesc Gay. Truman no es un presidente ni un escritor, sino uno de esos perros chatos que miran perezosamente a su dueño y le dicen «plaf» al cruzar los belfos. Tampoco es el protagonista de la historia que se cuenta, aunque sí testigo y causa de ella: la mayor preocupación de su dueño es buscarle acomodo antes de que el cáncer, que ya descorcha el champán en su cuerpo, acabe con él. Pero, en realidad, Cesc Gay utiliza ese recurso trágico del irse a morir para hablar de los efectos colaterales, sea el ¿en ataúd o urna? o el ¿ahora o luego?, pero sobre todo de los efectos terapéuticos de la lucidez y la amistad. «Truman» es testigo del encuentro entre dos viejos amigos, uno tímido, pasivo, generoso, un fracasado triunfador, y que vive camino del Polo Norte, y otro chispeante, valiente, un triunfador fracasado y que vive sus últimos días con el cargo de la pensión de su perro. Uno es Javier Cámara y otro es Ricardo Darín, tan contrarios entre sí como actores como su propios personajes.

Fundamentalmente Javier Cámara mira a Ricardo Darín, lo cual es natural, pues es un espectáculo que emboba. Lo de Darín con sus personajes es como lo de la magdalena en el vaso de leche, y en ese proceso de «darinización» de ese actor de verso, hombre prosaico, ex marido, padre de repente, amigo exigentísimo y entregadísimo, muerto inminente, Ricardo Darín es el espectáculo en sí mismo en el despliegue de verbo, de gesto, carisma, humor, sarcasmo, emoción? Sí, Ricardo Darín es la magdalena, pero su personaje es la leche. Y tal vez por eso tiene aún más mérito el trabajo de Javier Cámara, ahí, mirando a la cobra y componiendo su sutilísimo y gran personaje, sin verbo y sin apenas gesto y carisma. Uno la magdalena y otro, como si dijéramos, el sobao?, pero el texto y la intención y la punta de humor y llanto del vaso que les pone delante Cesc Gay también es la leche. Y antes le roban a Darín la colonia que se echó por la mañana que un plano, pero aquí ha de sudar colonia para que no le ocurra contra Eduard Fernández, contra Pedro Casablanc, contra Dolores Fonzi, contra Javier Cámara, claro, y por supuesto contra Truman? qué magníficos momentos sobre la ética y la amistad, sobre las incomodidades de estarse muriendo y que los demás lo sepan, sobre los diversos modos de saludar a un moribundo, sobre el momento idóneo de despedirse de un hijo, sobre la psicología animal y los pormenores de la adopción y la defunción. Y líneas brillantes, como ese «¡tiene sentido!» que le dice Darín a Cámara y Fonzi tras el único momento de dudosa verosimilitud en esta historia. Siempre intenso, brillante, dramático e irónico, Cesc Gay consigue aquí poner el pie un peldaño más arriba, tal vez por haber rodado en Madrid y haber podido evitar ese cruce entre el diseño y la ensalada de alguna de sus otras grandes películas.

Hubo otras dos películas a competición, «Sunset Song», de Terrence Davis, con mucha cámara y mucho texto poético (de Lewis Grassic Gibon), y ese cierto empalago del cine de Davis que busca el masajeo como una crema hidratante. No es fácil ponerse de los nervios ante él. Y «Evolution», de Lucile Hadzihalilovic, entre alucinógena y metafórica idónea para los que les gustan rascarse la cabeza.

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