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Unos fuegos de artificio marca Álex de la Iglesia
Alex de la Iglesia saluda durante la presentación de «Mi gran noche»

Unos fuegos de artificio marca Álex de la Iglesia

«Mi gran noche», una aparatosa comedia llena de estrellas y en el centro Raphael

D�a 21/09/2015 - 05.56h

Si Álex de la iglesia fuera chino, su dragón de telas de colores sería el más largo y con mayor cohetería y fuegos artificiales durante la fiesta del Nuevo Año Chino. Si fuera italiano, haría pizzas que no entrarían sino de canto en el Coliseo. Pero, a diferencia de Trueba, Álex de la Iglesia se siente español durante la hora y media del cine y hace películas que no las para ni la Guardia Civil, cine corriendo hacia todos lados, esperpento, vitriolo, histeria, chistes que se atropellan y que se arrojan todos a todos, como las tartas del mudo? Si la fiesta del cine español son los premios Goya, la película de Álex de La Iglesia es el «afterhour», el resopón y el resacón. «Mi gran noche» es una idea suicida: encontrarle ritmo y gracia y mala uva a la grabación de un especial de Noche Vieja, con unas figuras de la canción (el gran Alphonso, que casi deja chico al gran Raphael, y un Mario Casas que es un compendio de bisbales, rickys y enriques) y unos figurantes que se ríen, aplauden y festejan al compás del regidor.

Desde que comienza hasta que acaba, «Mi gran noche» está en tono y ritmo con la carga del Séptimo de Caballería, afortunadamente todos los actores son muy, muy conocidos y los caza uno al vuelo, porque la cámara se detiene en ellos, en el plano, en la secuencia continuada, con las prisas de un desalojo por anuncio de bomba. La gran estrella es Raphael, que se lanza sin el menor pudor, y hace bien, a esa piscina en la que, francamente, no abunda el agua. Es curioso lo eficaz que resulta (risas continuas durante toda la proyección en el pase de Prensa en el Festival) sin ser, digamos, lo que uno entiende por gracioso, brillante o certero, aunque creo que el secreto está en el hilo previo que une al espectador con los personajes y actores: hay que reírse, pero siempre, con Santiago Segura, con Carmen Machi, con Enrique Villén, con Pepón Nieto, con Carlos Areces.., aunque apenas se entienda lo que dicen, y surgen como inesperadamente graciosos Mario Casas en su estúpido personaje y una Blanca Suárez que encuentra la expresión justa para pasar por tonta y gafe. Hay que suponer que las intenciones de Álex de la Iglesia al hacer esta película son el divertir al que se deje y establecer un vínculo entre toda la mugre de la televisión, la actualidad y nosotros mismos. Probablemente es una película menor de las suyas, pero, desde luego, como pizza es enorme.

También se escucharon risas durante la primera hora de «21 noches con Pattie», película francesa a competición de Jean Marie y Arnaud Larrieu. Una historia absurda en un pueblo absurdo y con personajes absurdos que cuentan sus hazañas sexuales con la picardía de un pimiento del padrón, y que utiliza al pobre Sergi López para la ridícula misión de hacerse el catalán que no soporta que digan España.

El otro título en competir fue «Sparrows», del islandés Rúnar Rúnarsson, un relato sobre la adolescencia extraviada y sobre lo que pimplan en esos pueblos perdidos de Islandia.

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