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«El rey de La Habana», flashazo erótico festivo y banal a un mundo sucio
Agustí Villaronga presentó ayer su película

«El rey de La Habana», flashazo erótico festivo y banal a un mundo sucio

Ni la película de Villaronga ni la de Veiroj, «El apóstata», suben el nivel escaso de la competición

D�a 24/09/2015 - 09.31h

Una simple fotografía en Cuba y ya es denuncia social, cualquier cosa que recoja una cámara, un inocente «selfie», y se empiezan a ver los crujires del sistema; Agustí Villaronga ni siquiera ha necesitado poner el pie en La Habana, pues desde Santo Domingo le ha hecho la foto y con ella aparece la natural denuncia social. Basta con pensar en Cuba para estar ya denunciándola. Y eso, a pesar del fotoshop de una revolución de más de sesenta años. Bueno, pues fuera de esa lógica e inevitable denuncia social, «El rey de La Habana» es el retrato de un enigma: ¿qué quiere decir o mostrar Villaronga con su película?, ¿qué la década de los noventa fue desastrosa para cualquier cubano que pretendiera comer, pensar, viajar o tener una educación no viciada?..., como si en los setenta o los ochenta se comiera o se viajara mucho? Es la adaptación de una novela de Pedro Juan Gutiérrez, escritor que se dedica desde el centro de la ciudad a fotografiarla, pintarla, escribirla, con lo que se le considera un exponente del realismo sucio (lo de sucio allí no le añade gran cosa al realismo), y vista desde aquí no es difícil confundirla con la historia de un joven despojo de la revolución, sin otro oficio que beneficio que el de blandir su potencia y descaro sexual, absolutamente ajeno a cualquier atisbo de cultura (¡Ah, la cultura cubana!), de servicios (¡Ah, la sanidad cubana!), de creencias (¡Ah, la ideología de los cubanos!). La película es muy deprimente, a pesar de que maquille un cierto sentido del humor sin gracia, y los personajes son un combinado de ambiente grotesco y feísta con los tópicos del trópico y la voracidad, que muestran el prostibulario revolucionario, el desencanto y esa fiesta continua que consiste en moverse con ritmo en el estercolero vigilado por buitres y ratas? Final simbólico, pero ¿y qué?... No hay la menor tensión dramática ni social en lo que uno ve en la pantalla, como retratado con una manita de banalidad, y de bananalidad. Seguro que el Papa ha visto otra cosa ahora en Cuba.

La coproducción hispano-uruguaya «El apóstata» también compite por la Concha de Oro y lo hace con un personaje que dedica todos sus esfuerzos (no muchos, tampoco) a enfrentarse a las autoridades eclesiásticas por su deseo de apostatar. El personaje es simplón, y así lo interpreta Álvaro Ogalla, y la película no busca una reflexión ni religiosa ni antirreligiosa, pues ese personaje no demuestra preparación ni reflexión alguna sobre lo que pretende. Da la impresión de que la apostasía requiere algo más de lectura y pensamiento. Hay algo de fondo en sus relaciones familiares, especialmente con la prima carnal y con la vecina, pero no añaden gran cosa a la pereza que transmite el personaje central.

La Guinea española

Algo más ofreció «Moira», del georgiano Levan Tutberidze, drama familiar en un lugar costero, con un ambiente opresivo y unos personajes fuertes y llenos de fatalidad; el padre en silla de ruedas, la mujer que se larga con la música a otra parte, el hijo expresidiario y el otro hijo un poco membrillo. Bien fotografiada y narrada, aunque se le ven al director unas enormes ganas de apalear a sus muñecos.

En Zabaltegui se proyectaba la película española «Un día vi 10.000 elefantes», fantástico ejercicio de memoria y de negror nostálgico de la Guinea española mediante el relato, casi un cuento, sobre la expedición en la década de los cuarenta del fotógrafo y cineasta Manuel Hernández San Juan. Dirigido por Álex Guimerá y Juan Pajares, la película es un poético rememorar de un personaje , el porteador Angono Mba, aliñado por una lírica y finísima crítica al colonialismo, además por todo el material de archivo, fotografía y película, de aquella expedición. Película muy curiosa e ilustrativa, y con una aroma rancio de españolidad: mejor que no la vea Trueba.

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