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«Kolberg», la superproducción nazi con la que Hitler quiso eclipsar a «Lo que el viento se llevó»
Hitler, junto al cartel de «Kolberg»

«Kolberg», la superproducción nazi con la que Hitler quiso eclipsar a «Lo que el viento se llevó»

El «Führer» llegó a retirar 187.000 soldados del frente, cuando peor iba Alemania en la Segunda Guerra Mundial, para que participaran como extras en esta película

D�a 30/09/2015 - 10.21h

A Hitler también le encantó. Como otros tantos millones de espectadores en todo el mundo, quedó absolutamente impresionado con sus espectaculares decorados, sus cuatro horas de duración, el argumento épico, los vivos colores y los miles de extras empleados de la que fue, en 1939, la primera gran superproducción de Hollywood: «Lo que el viento se llevó». Una obra monumental del cine para la que el «Führer» solo encontró una pega: que la había hecho el enemigo.

Esto provocó que Hitler animara a su Gobierno a rodar una superproducción propia con la que eclipsar y superar al melodrama más famoso de la historia del cine, ganador de diez Oscar, pero ilustrando el espíritu de resistencia y sacrifico del pueblo alemán y su Ejército, unidos para siempre en un único destino.

La idea, un tanto abstracta, nació de la cabeza del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels. No hay que olvidar que, en la Segunda Guerra Mundial, se produjo el primer gran momento del séptimo arte como arma propagandística, algo que no fue coto exclusivo del Tercer Reich. Las tres grandes potencias del momento ?la Alemania de Hitler, la URSS de Stalin y Estados Unidos?, usaron el cine para hacer proselitismo de sus ideas y aleccionar a sus ciudadanos, además de para lanzar fotogramas intimidatorios contra sus rivales. Sin embargo, la herencia que dejaron los germanos fue impresionante en lo que al número de películas se refiere: más de mil, sin contar los documentales y noticiarios. Pero de entre todas ellas, ninguna como la que nos ocupa y ostenta el dudoso honor de ser «el último filme nazi»: «Kolberg».

Nueve millones de marcos

Goebbels no reparó en gastos para llevar a cabo su historia, la de un pueblo alemán de la costa del mar Báltico que, en 1806, resiste el asedio del todopoderoso Ejército napoleónico. Para ello, reclutó a un prestigioso grupo de actores y guionistas bajo la dirección de Veit Harlan, que ya había dado sobradas muestras de su adhesión a la causa rodando varias películas antisemitas. Por ellas fue juzgado como criminal de guerra después de 1945, pero absuelto después, tras argumentar que había sido obligado por el régimen a realizar aquellos trabajos. Un Harlan, además, cuya primera esposa, la actriz y cantante judía Dora Gerson, murió en Auschwitz junto a su segundo marido y sus dos hijos pequeños, y cuya sobrina estuvo casada con el director Stanley Kubrick.

El rodaje contó con un presupuesto inicial de nueve millones de marcos y con todos los recursos que fue capaz de aportar la industria cinematográfica alemana. El gigantesco proyecto se había convertido en algo primordial para el Tercer Reich. Se llevó a cabo con uno de los sistemas más caros de la época, Afgacolor, precisamente el mismo que se utilizó en «Lo que el viento se llevó». Se recreó la ciudad de Kolberg con toneladas de madrea y cartón piedra, tal y como era a principios del siglo XIX; se confeccionaron diez mil uniformes de los tiempos de Napoleón, se trasladaron más de seis mil caballos, se movilizaron cien vagones con sal para simular las escenas de nieve y se construyeron decenas de casas según el modelo de la época con la idea de que, al final del metraje, fueran destruidas por el fuego y las inundaciones. Para esto último se llegó, incluso, a desviar un río.

Pero de entre todos estos datos, hay uno que llama especialmente la atención. Poco después de que comenzara el rodaje, en noviembre de 1943, Hitler permitió que se retiraran 187.000 soldados del frente para que participaran como extras en la película, justo en el momento en el que peor iban las cosas para Alemania en el campo de batalla. Era como si las bajas y las derrotas fueran menos importantes que el filme, en un momento en el que el aporte de hombres era más necesario que nunca en transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

La epopeya del rodaje

Aunque la película impulsada por Goebbels pretendía ser el reflejo de una epopeya, lo realmente épico fue conseguir que el mismo rodaje acabara. En él se vivieron momentos tan demenciales como que, durante la filmación, se entremezclaran los cañonazos ficticios con los bombardeos reales de los Aliados, muriendo dos figurantes y resultando varios heridos. Y mientras en el frente escaseaban las armas y la munición, el «Führer» dio orden de que la industria armamentística fabricara todo aquello que era requerido para el largometraje de Veit Harlan. Éste y Goebbels, sin embargo, decidieron rebajar la intensidad de las explosiones, con el objetivo de que no afectaran psicológicamente a la moral de sus tropas y al pueblo.

A pesar de todo este esfuerzo de recursos y tiempo, más de un año de rodaje, la película quedaría muy lejos de monumentales filmes como el «El acorazado Potemkin» (1925) o «Metrópolis» (1927). Y una vez terminada la película, a Goebbels no le gustaron algunas de las escenas en las que aparecía la ciudad de Kolberg reducida a escombros, por lo que decidió suprimirlas para que no afectase a la moral de su pueblo, a pesar de que habían costado más de dos millones de marcos.

El estreno

La superproducción que debía competir con «Lo que el viento se llevó» y con sus artífices, desde el director, Victor Fleming, a sus protagonistas, Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland y Leslie Howard, tuvo que conformarse con ser estrenada con el sonido de fondo de las bombas que caían sobre Alemania, el 30 de enero de 1945.

Esa proyección tuvo lugar en tres lugares diferentes. Por un lado, en una sala de cine medio derruida de La Rochelle, un enclave francés en la costa atlántica donde resistía una guarnición alemana, a pesar de encontrarse rodeada por el enemigo. Un lugar en el que los rollos tuvieron que se lanzados en paracaídas. Por otro, en Berlín, para el Ejército acuartelado en la capital y para la Juventudes hitlerianas. Y un tercer pase privado para la Cancillería del Tercer Reich y para Hitler, el mismo día en que dio su último discurso y tres meses antes de suicidarse.

En ese momento, el Ejército Aliado ya había entrado en las fronteras del Tercer Reich y la derrota de la Alemania nazi parecía algo inevitable. Ni siquiera Goebbels creía ya que pudiera darse la vuelta a la guerra, por lo que la proyección de «Kolberg» parecía más un mensaje para la posteridad, que una llamada a la resistencia de su pueblo. Pero el costoso testamento cinematográfico del «Führer» y su ministro de propaganda no pudo ser visto más que por unos pocos soldados y algunos ciudadanos que, en los días sucesivos, se atrevieron a abandonar sus refugios para acudir a algunos de los escasos cines que quedaron en pie.

Curiosamente, ninguno de todos estos espectadores sabía entonces que la ciudad de Kolberg, que en la película sobrevivía al asedio de las tropas napoleónicas, en la vida real ya había sido tomada por los soviéticos, los cuales habían procedido a su completa destrucción. La noticia fue ocultada.

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