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Martin Scorsese, el hombre que descendió a los infiernos

Martin Scorsese, el hombre que descendió a los infiernos

«Todo era cuestión de forzar la máquina, de ser malo, de ver cuánto podías hacer. Vivir al límite»

Día 09/03/2016 - 11.53h

«Marty era la estrella. Estaba en un nivel totalmente diferente del resto de nosotros. Podía citarte películas, describirlas por toma. Mientras nosotros nos dedicábamos a tontear por ahí, tratando de encontrar la exposición correcta, él ya empezaba a filmar esas joyitas», recuerda el director Jim McBride en «Moteros tranquilos, toros salvajes» de Peter Biskind.

Todos sabían que Martin Scorsese era un genio, pero cayó en picado. Como todos los de esa especial generación que se abría camino en un mundo, el del séptimo arte, en el casi todo estaba ya dado por sentado. Grandes del cine ya habían otorgado su alegato, pero ellos supieron revitalizar una industria siempre reacia a los cambios. «Como a (casi) todos los demás, la película que le motivó para ser cineasta fue "Ciudadano Kane"». Pero también «Sombras». «Toda mi vida no he hecho más que rebotar entre "Sombras" y "Ciudadano Kane"», reconoce Scorsese. Coppola les abrió el camino a los niños mimados del cine y cada uno aprovechó la brecha de «El Padrino» a su modo. Steven Spielberg y George Lucas abogaron por el puro espectáculo; otros, como Peter Bogdanovich, eran admiradores reconvertidos en maestros. Hal Ashby (víctima de la gran tragedia de Hollywood), Warren Beatty... Todos ellos se auparon al otro lado del charco, situando a América en una posición predominante, convirtiéndola en potencia, también cinematográfica.

Pero Scorsese, bajito, inseguro como era, toda una maraña de nervios, supo hallar otro cauce. Quizás para huir de sus problemas, tejió una directriz que le hizo especial. Llevó su vida a la gran pantalla. Cada una de sus cintas posee la huella imborrable de Marty, de alguna situación que al «pequeño genio» le conmovió de algún modo. Scorsese viró hacia Europa y cambió el juego, impulsándose como el maestro que aún es hoy en día. Acusó la influencia del cine del viejo continente, de directores como Truffaut y Godard. «Lo que Godard mostraba eran nuevas maneras de usar las imágenes para contar una historia, nuevas maneras de filmar, de montar», comenta el de Little Italy.

El infierno de un genio

Pero, como casi todos los demás, cayó en el abismo de lo mundanal, del exceso de éxito, de la vida. A finales de los setenta, «una espesa capa de nieve empezó a caer sobre Hollywood». El consumo de cocaína se extendió, ya no estaba mal visto. Y, como muchos otros, Scorsese se dejó llevar por el polvo blanco. Enfadado como estaba por el fracaso comercial de «New York, New York», se comportó como un niño pequeño, se cogió un berrinche: «Lo que hice fue comportarme de una manera tal que fuera imposible que me respetaran. Estaba demasiado drogado para solucionar el problema de fondo», reconoce el director.

Cuenta Biskind que le recetaron litio para aplacar su ira, pero tras cuatro meses volvió a la cocaína, «su droga preferida». «Parecía perdido en otro mundo, era Luke Skywalker avanzando a trompicones por el planeta helado Hoth en la primera escena de "El Imperio contraataca", perdido en una tormenta de nieve». Como si de James Dean se tratara, algunos directores asumieron como regla la frase asociada al malogrado actor: vive rápido y muere joven, que tu cadáver sea guapo. Y Scorsese no tenía pensado sobrevivir a los cuarenta. «Todo era cuestión de forzar la máquina, de ser malo, de ver cuánto podías hacer. Vivir al límite. Si me drogaba de ese modo era porque quería hacer muchas cosas, quería acelerar a fondo, llegar hasta el final y ver si moría. Eso era lo fundamental, experimentar cómo acercarse a la muerte», y esa temeridad imprimía a sus películas una pasión de alto voltaje que lo hacía diferente, mejor que el resto.

De Niro y Scorsese

Pero un viejo conocido habría de acudir en su ayuda. Su actor fetiche, con el que ya sumaba tres colaboraciones («Malas calles», «Taxi Driver» y «New York, New York»). Robert de Niro visitó a Marty y le entregó una autobiografía (escrita por otro) de Jake La Motta, un boxeador de peso medio. Se llamaba «Raging bull» («Toro salvaje») y Bobby (De Niro) se había quedado prendado de la historia, y quería que se convirtiese en película. «Yo no quería hacer "Toro Salvaje". Tenía que encontrar la salida por mí mismo. Y no me interesaba encontrar la salida, porque había intentado algo («New York, New York») y había sido un fracaso», dice Scorsese. La vida del director también estaba patas arriba, era un caos, y no podía centrarse en un proyecto que no le decía nada.

Pese al éxito, Scorsese seguía siendo sumamente frágil desde el punto de vista emocional, algo que sin duda tenía sus raíces en los trastornos experimentados en la infancia: su diminuta estatura, su fragilidad, la percepción de sí mismo como poco atractivo. Era fácil herir sus sentimientos; se ofendía rápido, pero era lento en olvidar. Alimentaba rencores durante años, levantaba un muro su alrededor, tal y como recoge Biskind. Su inseguridad, imperceptible desde la platea, se desprende, por ejemplo, de una anécdota que recuerda el guionista Mardik Martin:

«En lo personal estaba perdido. Seguro como era en el plató, siempre fue muy inseguro en lo que atañe a sí mismo, como hombre, y también en sus relaciones con los demás. Le invité a una fiesta y le dije: "Nos lo pasaremos en grande, chicas, orgías..." Y me dijo: "No, seguro que va alguien que sabe quién soy". "No tienes por qué decirle a nadie quién eres. ¿A quién le importa?", le dije, y me respondió: "No, no, no; no me manejo bien con una mujer que no sabe quién soy". Tenía que ser Martin Scorsese a toda costa para poder enfrentarse a una mujer, pero después le preocupaba que a ella solo le gustara porque era Martin Scorsese».

Scorsese y Mardik Martin

Pese a la insistencia de De Niro, Marty no cedía: «Yo sabía qué había querido decir con "Malas calles", y también con "Taxi Driver". Y hasta sabía lo que había querido decir con "New York, New York". Pero sé que no sabía de qué demonios iba "Toro Salvaje"». Después de tres películas juntos y tras el fracaso de la última, Scorsese se negaba a repetir: «Ya no quería seguir jugando».

Después de idas y venidas con el guión de la película de Jake La Motta, finalmente Paul Schrader, a pesar de estar ya centrado en su carrera como director, volvió junto al cineasta para quien había escrito el libreto de «Taxi Driver». Y a Schrader, tan suyo como pocos, lo convenció una historia que había pasado desapercibida. Tras realizar su propia investigación para empezar con el material, descubrió a Joey, el hermano de Jake. «Los dos eran boxeadores. Joey era más joven, más guapo, y tenía mucha labia. A Joey se le ocurrió que podía ser más útil representando a su hermano. No tendría que recibir golpes, seguiría ligando con chicas y, además, le pagarían. Y como yo también tengo un hermano, me fue muy fácil conectar con esa tensión. Me di cuenta de que allí había una película». Una que versionaría a su modo la propia historia de Paul y su hermano Leonard.

Marty, convencido finalmente de la viabilidad del proyecto, abogaba por otorgar sensibilidad a ese ser en apariencia primitivo, y esto esolía ser un motivo de disputa entre el guionista y el director y De Niro, compinchados en este caso: «Bob y yo nos pinchábamos mutuamente para conseguir que el personaje fuera lo más desagradable posible y para que, pese a eso, al público le cayera bien. Porque Bob, como actor, tiene algo, algo en el rostro, que hace que la gente vea ese lado humano», confesó Marty.

Ultimátum

Pero todo el entendimiento al que habían llegado después de tanto esfuerzo estuvo a punto de caer en saco roto. Durante el Festival de Telluride, Scorsese, De Niro, Mardik Martin y su pareja por aquel entonces, Isabella Rosellini, se quedaron sin cocaína y se colocaron con cualquier suerte de polvo blanco que les habían proporcionado. Y la ingesta a punto estuvo de acabar con la vida del cineasta. Sangraba por todas partes y los médicos le comunicaron que carecía de plaquetas. La mezcla de la falsa cocaína con el medicamento para atenuar el asma fue una bomba que a punto estuvo de no poder contar. El mensaje era claro: o cambiaba de vida o moría.

De Niro, siempre ahí para el de Little Italy, le dijo: «¿Qué te pasa Marty? ¿No quieres vivir para ver crecer a tu hija, para verla casada? ¿Vas a ser una de esas flores de un día que hacen un par de buenas películas y se acabó? ¿Sabes una cosa? Podemos hacer esta película ("Toro Salvaje") Podemos hacer un gran trabajo. ¿Vamos a hacerla o no?», y Scorsese respondió que sí, porque había encontrado algo que le gustaba de la historia de La Motta, algo con lo que se identificaba: la autodestrucción, el daño gratuito a la gente que lo rodeaba. Tuvieron que cambiar el guión para que los estudios apostasen por una película complicada, que podía obtener calificación X y en blanco y negro, con aspecto de tabloide. Mano a mano, director y actor se pusieron las pilas. Desde St. Martin reescribieron el libreto de principio a fin. De Niro cuidaba a Scorsese, le preparaba el café todas las mañanas mientras que este tomaba Tedral para limpiarse los pulmones. El medicamente lo debilitaba, pero la confianza en un proyecto en el que ahora creía pudo con todo.

Comenzó a rodar «Toro Salvaje» abrumado, con la convicción de que sería su último filme. «Me lo tomé muy a pecho. Quise devolver el golpe, como diciéndoles, esto es lo que puedo hacer y no sé si me quedará algo más dentro (...) Después de "New York, New York", pensé que yo nunca tendría el público de Spielberg, ni siquiera de Coppola. Mi público son los tipos con los que me crié, listillos, gente de Queens, camioneros, tipos que cargan muebles. Si a ellos mi película les parece buena, me siento bien. Puede que esté loco, pero más que desvirtuar el argumento y hacer otras diez películas después, prefiero dejarlo y no volver a hacer más películas después de esta. Así pues, ¡qué diablos me importa!». Esa convicción liberó al director, que fue capaz de filmar la mejor cinta de su carrera. Una en la que al principio no confiaba.

El filme sobre Jake La Motta fracasó en taquilla de forma todavía más estrepitosa que «New York, New York» y Scorsese salió tocado. Creía que nunca iba a encontrar su público, como hacían Coppola o George Lucas, y que solo sería mimado por la crítica. «Cuando perdí con "Toro Salvaje" me di cuenta de que, si sobrevivía, mi lugar en el sistema estaría fuera; sería un observador», comentó.

De Niro le echó un capote cuando Scorsese más lo necesitaba. Pero algo había cambiado entre ambos a pesar de que el director filmó «El rey de la comedia» como un favor personal al actor: «Durante el rodaje de "Toro Salvaje" habíamos explorado todo lo que podíamos hacer juntos. No debería haber hecho "El rey de la comedia", tendría que haber esperado a que saliera algo de mí», confesó.

Finalmente, la odisea que lo torturaría para convertirlo en uno de los imprescindibles del séptimo arte terminaría con una lección profesional y personal clave para salir del abismo en el que había estado encerrado. «Todo dependía de mí. En última instancia, a nadie le importaba, ni a mis amigos más íntimos. ¿Quieres hacerte el loco? ¿Quieres colocarte en una situación en la que no puedas trabajar? A nadie le importa un carajo. Y terminas solo. De un modo u otro, te enfrentas a ti mismo. Como Jake La Motta cuando se mira en el espejo al final de "Toro Salvaje"», admite el director. Y salió adelante, a cuestas, pero hacia adelante.

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