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«Buscamos ser respetuosos con los muertos activando la imaginación del público»

«Buscamos ser respetuosos con los muertos activando la imaginación del público»

Geza Rohrig, protagonista de «El hijo de Saúl», expone las intenciones del filme nominado para el Oscar y con un Globo de Oro

Día 18/01/2016 - 10.55h

Geza Rohrig es un actor, profesor y poeta austriaco que reside en Nueva York. Estaba medio apartado del cine, enseñando en un instituto y escribiendo, cuando su amigo, el novel director László Nemes, le mandó un guión sobre el Holocausto, pero enfocado desde un punto diferente, sin violencia explícita pero dejando el horror a la imaginación del espectador. La película ha ganado el Globo de Oro al mejor filme extranjero y ha sido nominada para el Oscar en el mismo apartado.

Rohrig, con amabilidad pero con aspecto cansado, señala que todo empezó con la idea de Nemes: «En principio no tenía intención de hacer ninguna película, pero creo que esto era algo que se tenía que hacer. Hablé con Laszlo y después de ensayar mucho decidió que yo fuese el protagonista». El filme te deja un mal cuerpo que, probablemente, fue la idea inicial de sus creadores: «Eso era lo que queríamos, involucrar al espectador en todos los sentidos, incluso corporalmente. Estas respuestas son bienvenidas porque lo que pretendíamos era llevar al espectador a ese mundo de Saúl».

Una de las características de la película es enfocar continuamente al rostro del protagonista para eludir así la visualidad del horror adyacente. «Es algo en lo que nos pusimos de acuerdo László y yo, y creo que es una de las decisiones más importantes y más acertadas del filme. Pienso que habría sido imposible hacer la película si no hubiéramos rodado así. El espectador va a preguntarse si podrá ver esta película o si le van a enseñar demasiado. Por un lado no hacemos ninguna concesión al enseñar el horror, pero de una manera que hace posible que se pueda ver, dejando las cosas en los márgenes, de forma que se pueda afrontar. Al mismo tiempo queríamos ser respetuosos con los muertos utilizando mucho el poder de la sugerencia y activando la imaginación del público. Hacerlo de otra manera habría sido pornográfico».

En la década de los 70 hubo algunos miembros de los Sonderkommmando que enterraban a los judíos que, liberados de su sentimiento de culpa, empezaron a escribir sus memorias. Rohrig comenzó a documentarse por ahí, pero también de forma directa: «Muchos de mis familiares perecieron en el Holocausto, pero mi abuelo sobrevivió. Al final de su vida estaba muy enfermo pero no quería morir sin transmitir lo que allí sucedió. En esta película todo ha sido preparación, preparación y preparación. Además lo llevamos al extremo pues rodamos en 35 mm, que es un material muy caro, con poco dinero. Pedimos 40 días y nos dieron 28. Así que lo tuvimos que preparar todo al máximo».

Rohrig, que piensa ahora tomarse un año sabático para escribir poesía, se muestra sorprendido, pero muy agradecido, por el aluvión de premios que le está cayendo al filme. Sin embargo, todo ese optimismo se vuelve pesimismo cuando contempla el panorama actual en el mundo. «Tengo una sensación muy clara. Estamos encaminados al caos en el mejor de los casos, y en el peor a la guerra. Yo no soy violento en absoluto, pero ante la amenaza que tenemos en Occidente hay que ser muy firmes y tener una respuesta adecuada. Hay que enfrentarse al extremismo islamista. Yo creo que la gente tiene un optimismo imposible y muchos puntos ciegos. Este es un problema real que no va a desaparecer porque sí».

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