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Claves para encontrar a «La juventud» su gran belleza

Claves para encontrar a «La juventud» su gran belleza

El director napolitano se esfuerza por mostrar el discurrir del tiempo y sus ocasos, algo que ha acentuado en sus dos últimas películas

Día 22/01/2016 - 17.38h

Sólo una semana después del gran y sonoro estreno de la última película de Tarantino, llega el grandísimo y estruendoso estreno de Sorrentino, que rima en expectación tras su obra maestra «La Gran Belleza» y rima también en consonante con ese sufijo «ino» que sugiere la formación de un gentilicio y el indicativo de una cualidad (solo ejemplos: palentino o dañino). Llegados al momento de estreno de «La juventud», película tan consecuente con el espíritu y la letra de «La Gran Belleza», tal vez sea el caso de observar si la filmografía de Sorrentino (siete títulos en lugar de los ¿odiosos? ocho de Tarantino) es tan consecuente como las dos últimas. Desde su primera película, «L?uomo in più», el director napolitano se esfuerza en declinar el verbo declinar, o sea cambiándole la forma al verbo para mostrar el discurrir del tiempo y sus ocasos, algo que fue acentuando en «Las consecuencias del amor», «Il divo» y en las siguientes hasta la crepuscular película que hoy se estrena.

La idea de la decadencia

Personajes y argumentos: los dos hombres, un cantante y otro futbolista, que viven su decadencia de distinta manera en «L?uomo in più». El solitario Titta Di Girolamo de «Las consecuencias del amor» que vive su atardecer desde la rutina de su habitación en un hotel suizo; el viejo usurero y su sórdida e hipócrita descomposición moral en «El amigo de la familia»; el apunte biográfico y cínico de un Andreotti decadente y brillante en «Il Divo»; el retrato excéntrico y su vieja errático del eclipse de una figura del rock en «Un lugar donde quedarse»; El fuego o juego fatuo de ese personaje irrepetible llamado Jep Gambardella capaz de sublimar lo ya sublime en «La Gran Belleza», y esos dos amigos ancianos de «La juventud», que ya han disparado toda su munición y que observan desde un balneario en los Alpes los estragos de la decadencia y la inagotable fuente de la gran belleza.

En todas y cada una de sus películas aparece la idea de decadencia, aunque sólo en algunas se viste con los colores de la elegancia y los olores de la inteligente ironía, y no por casualidad también aparece en varias de ellas la figura decadente, elegante, inteligente e irónica del actor Toni Servillo: el cantante Tony Pisapia de «L?uomo in più», Titta di Girolamo, Giulio Andreotti con la sombra de Nosferatu y ese fresco pegado a la pared de Roma que es Jep Gambardella.

Sorprende no sólo la fijación, sino también la capacidad de advertir y colorear los síntomas de la enfermedad del tiempo y la limpia extracción de esa muela en alguien como Paolo Sorrentino, de cuarenta y cinco años y en una ágil y progresiva ascensión. Y sorprende que haya recubierto su lucidez y su hiperrealismo para hablar de su antípoda, la decadencia, de un trabajado y surrealista exceso, hasta el punto de que haya forzado una inevitable comparación con Fellini, aunque en realidad sólo sea admisible en los complementos, en su fauna y flora, fantasía, barroquismo y gusto por el juego, pero no tanto en su espiritualidad.

A diferencia de los otros grandes, actuales, del cine italiano, como Gianni Amelio, Marco Tullio Giordana o Nanni Moretti, Sorrentino invita al ensimismamiento, a ver su cine hacia adentro, a descubrir entre la afectación y la grandilocuencia, lo explosivo del momento y la emoción de lo tristemente hermoso entre bocanadas de cinismo y humor.

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