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Pájaro solitario en un cielo de verano

matar a un ruiseñor Pájaro solitario en un cielo de verano

«Matar un ruiseñor» trata sobre adultos disparando contra la inocencia de una niña, mientras su padre le enseña que hasta los asesinos de pájaros son dignos de piedad

Día 19/02/2016 - 20.12h

No sabemos si todavía será posible experimentar el estío, escapando del frenesí consumista y agobiante de nuestros días, tal y como lo vivieran en su infancia nuestros abuelos. Tiempos de libertad y vacío, de noches calurosas e inmóviles. Días en los que la palabra «verano» era una promesa de escapada hacia ninguna parte, pero con toda la calle, todo el barrio o todo el paisaje enfrentado a la aventura.

Esa autenticidad habita en «Matar un ruiseñor», la película que rodara Robert Mulligan en 1962 adaptando la novela homónima de Harper Lee, merecedora del Premio Pulitzer un año antes.

Lee escribió con esa sinceridad que es virtud excelsa de la literatura estadounidense, contaminada de testimonio reflexivo, o más bien, de reflexión testimonial (Melville, Emerson, Thoreau, Salinger o Jeffrey Eugenides; y con el verano como epicentro, Ray Bradbury o Steven Millhauser). En ella se transmite esa impresión de asistir a la descripción de circunstancias vitales que se asimilan sin necesidad de razonarlas; sin conclusión intelectual, pero con un ineludible esfuerzo de transformación.

Veranos de la infancia

El verano es el centro cronológico y moral del largometraje «Matar un ruiseñor»: una historia estival, localizada en esa estación de paso y a la vez experiencia decisiva que son los meses de calor y ocio. En un pueblecito de Alabama, dos niños, Scout (Mary Badham) y Jem (Phillip Alford), hijos de un abogado viudo, Atticus Finch (Gregory Peck), tratan de descubrir qué hay de cierto en la historia morbosa de un enajenado, Bo Radley, que vive enclaustrado en una mansión destartalada al final de la calle. Entre medias, comparece el escándalo del juicio contra un campesino negro, Tom Robinson, acusado injustamente de haber forzado a una mujer blanca, y defendido por Atticus Finch.

La figura de Atticus es el centro de las reflexiones de la narradora de la película, la pequeña Scout, que a través de los veranos de su infancia va desgranando cómo su padre influyó en su enseñanza, cómo supo ser valiente sin ser arrogante, rígido pero no injusto, amable sin caer en la debilidad y cómo les marcó en su forma de comprender y tolerar a los demás.

Es también una historia narrada por una niña, y tan auténticamente lograda, que se convierte en un diálogo entre la intolerancia del mundo de los mayores y la incomprensión, los miedos y las esperanzas de los pequeños, estudiada al milímetro, en cada encuadre, por Robert Mulligan y su director de fotografía, Rusell Harlan, y perfilada con esa sensibilidad que siempre tuvo Mulligan para la dirección de actores.

Asesinos de la inocencia

Toda la película está bañada por una sensación de honrado fracaso, de dignidad sumada a una melancólica tristeza moral, opuesta a la degradación de los que pretenden maltratar a sus semejantes para obtener ridículas gratificaciones. Y aquí está el mensaje final que Atticus transmite a su hija: que los asesinos de la inocencia, los que matan ruiseñores, son también dignos de lástima: son hermanos del odio y serán padres de la indignidad, porque han sido hijos de la pobreza y nietos del resentimiento.

Más allá de la denuncia de un agravio racial, del discurso sobre los estados de gracia de la inocencia infantil, más allá incluso de la descripción minuciosa de un lugar arcaico y sencillo, está el tejido esencial de «Matar un ruiseñor»: el aprendizaje de una niña en el proceso de vivir, durante el estío abrumador de silencios y horas inútiles, bajo la tutela amorosa y paciente de un padre estricto, honrado y tolerante. Esa paternidad que se vive de forma afectuosa y despegada, por oposición al proteccionismo obsesivo con el que hoy tratamos a los más pequeños.

Pero hay algo más. Lee, a pesar de varias ofertas, no viajó a Hollywood para no perder aquellos estíos y sus inevitables inviernos que, austeramente, aún compartía con su anciano padre, Amasa Coleman Lee, álter ego de Atticus.

Finalmente, Atticus Finch era tan real como el sueño idealista que puebla esta historia sencilla y conmovedora de padres e hijos en veranos pobres y emotivos. En veranos y espacios en los que podía cumplirse aquello que los hermanos Cohen ponen en boca del protagonista de Arizona Baby: «[Encontrar] un lugar en el que todos los padres son fuertes, y sabios, y cariñosos, y todos los hijos son felices y amados».

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