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«Matar a un ruiseñor», un abogado decente en el profundo sur

«Matar a un ruiseñor», un abogado decente en el profundo sur

Peck obtuvo el Oscar por su interpretación del abogado Atticus Finch en este drama judicial adaptación de la obra de la fallecida Harper Lee

Día 19/02/2016 - 20.09h

Injustamente olvidado hoy en día, Robert Mulligan fue uno de aquellos directores de la llamada «generación de la televisión» que desde mediados de los años cincuenta fueron desembarcando en el cine de Hollywood, al que aportaron una conciencia liberal y un gusto por la veracidad dramática frente a las exigencias del espectáculo.

Mulligan desarrolló su mejor trabajo durante los años sesenta y setenta, renovó el cine de género con títulos como «El otro» o «El hombre clave» y conoció su mayor éxito con la popular «Verano del 42». Su título más recordado sin embargo es «Matar un ruiseñor», en donde brilla el talento de Mulligan, visible en toda su filmografía, para la recreación de personajes jóvenes.

Fue la primera producción de la compañía propia que había formado ese mismo año de 1962 con el productor, y luego director, Alan J. Pakula («Klute»), y estaba basada en la novela homónima, ganadora del premio Pulitzer en 1960, de la escritora Harper Lee, fallecida esta tarde.

Se trata de un relato de corte semi-autobiográfico en el que la escritora evocaba su infancia en Alabama: la voz en off adulta que comenta la acción recuerda los acontecimientos que la dejaron marcada cuando tenía seis años, en aquel verano del 32... Uno de los motivos que explican el perenne atractivo de «Matar a un ruiseñor» es la suma de elementos que remiten a diversos géneros que hoy pueden parecer tópicos pero que pocas veces han aparecido mezclados con tanta sabiduría.

Es, en efecto, un relato de memorias, perteneciente a la explotada variante «Y desde aquel verano no volví a ser la misma»; una película de juicios, que arriba a una conclusión melodramática plenamente merecida en la que se «bordea» la legalidad en beneficio de una mayor justicia; una película sureña, con un toque gótico, que recrea (en estudio, no en localizaciones naturales) el profundo Sur golpeado por la Depresión, un mundo decadente aún con mucha desigualdad social; una película sobre el paso a la madurez en la que niños y adultos aparecen tratados con igual ecuanimidad; y, finalmente, una película de tema social cuya anécdota central, el juicio a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca, llegaba en un oportuno momento, aunque la acción se ambientara treinta años atrás, al abrirse la década de los sesenta, dominada por los conflictos raciales y la lucha por los derechos civiles.

En el centro del mundo magnificado por el recuerdo de «Matar a un ruiseñor» está Atticus Finch, el padre de la narradora, un abogado viudo que se encuentra en el ojo del huracán cuando acepta defender a un negro acusado injustamente; Atticus parece entonces el único cuerdo en Alabama y debe inculcar a sus hijos las nociones del bien y del mal en presencia de los más feroces prejucios.

Aunque en un principio se pensó en Rock Hudson para el papel, hoy Atticus Finch es inseparable del rostro de Gregory Peck, un actor ocasionalmente aburrido que aquí dotó a su personaje de una presencia suavemente llena de autoridad en una creación indeleble que le valió su primer Oscar.

La película, que cuenta también con una gran actuación de la niña Mary Badham (hermana del director John Badham) y con una memorable aparición de Robert Duvall, el «ruiseñor» a que hace alusión el título, en su primer trabajo para el cine, se benefició enormemente de la fotografía en blanco y negro de Russell Harlan y de la inolvidable partitura musical de Elmer Bernstein.

Fue nominada a ocho Oscars, de los que obtuvo tres, un resultado envidiable dado que aquel año se enfrentaba a un rival tan formidable como «Lawrence de Arabia».

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