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Fernando Colomo: «Me hubiera gustado ser un director de Hollywood de los años 40»
Fernando Colomo, en una imagen reciente

Fernando Colomo: «Me hubiera gustado ser un director de Hollywood de los años 40»

El realizador de «Isla bonita», que estará en el Jurado de la VI Edición de FIBABC, hace un repaso a su amplia carrera que comenzó como cortometrajista

Día 28/03/2016 - 17.29h

Hay personas que parecen tener el don de la ubicuidad. Fernando Colomo es una de ellas. Productor, director, guionista, arquitecto... ¿Cómo calificar a alguien que a los setenta años, y después de llevar más de cincuenta haciendo cine, es nominado al Goya al Mejor Actor Revelación? Quizás sea un caso de esos que estudia el presentador Íker Jiménez, o José Mota imitando a Íker Jiménez, que no sabemos qué es mejor. Pese a su edad, sigue conservando su eterna apariencia de colegial bien aplicado aunque algo gamberrete. Y, en las distancias cortas, es de una naturalidad demoledora. Al cabo de un rato de entrevista parece que es un amigo de toda la vida al que, buscando por Facebook, uno haya reencontrado.

-Si tuviera que hacer un tráiler de su vida, ¿con qué momentos se quedaría?

-En ese tráiler estaría «Tigres de papel», mi primer largometraje, que me lo dio todo. La verdad es que tuve mucha suerte. Empecé con muy buen pie, y entonces no era fácil. La película estuvo seis meses en cartel en Madrid... Otra que recuerdo con mucho cariño es «La línea del cielo», que rodé en Nueva York con Antonio Resines. También «La vida alegre», gracias a la cual pude pagar parte de las deudas que tenía por culpa de «El caballero del dragón», una película que fue bien en taquilla, pero no lo suficiente como para amortizar el pastón que había costado hacerla. Y, de los últimos tiempos, me quedo con «Isla bonita». La pena es que casi no duró en los cines, pero he disfrutado mucho haciéndola.

-Sí, eso se nota, y creo que es una de sus virtudes. ¿Cómo se consigue fabricar unos personajes tan creíbles?

-Uno de los secretos es que la mayoría de los diálogos no estaban escritos. Se les contaba a los actores cuál era el asunto a tratar y por dónde tenía que ir el diálogo, y luego ellos improvisaban. Lo que me extraña es que no estuviera nominada a los Goya la actriz Olivia Delcán, al menos como actriz revelación. Olivia ha sido muy importante en este proyecto, y no sólo por la parte interpretativa.

-Sin embargo, a usted sí le nominaron...

-Fue algo sorprendente. Al final, la verdad es que me tomé el asunto cómo una nominación a la película, porque no le habían dado ninguna más.

-Usted hizo sus pinitos en el mundo del corto, ¿qué recuerdos guarda de aquella época?

-Muy buenos. Aunque con el primer corto viví una aventura un poco esperpéntica, porque primero lo rodé, y luego, al intentar pasar la censura, no se consiguió que la pasara. Pero, bueno, me sirvió para aprender todo lo que no tenía que hacer. Después rodé tres cortos en 35 mm a mediados de los 70: «En un París imaginario», que se proyectó por delante de «Furtivos» durante un año en el cine Amaya; «Usted va a ser mamá» y «Pomporrutas imperiales», que ganó varios premios importantes.

-Entonces, ¿era usted un arquitecto al que le asaltó la pasión por el cine, o el cine ya le había conquistado antes?

-Mi flechazo, mis ganas de hacer películas comenzaron en un «cine fórum» en el colegio; en una sesión donde proyectaron «Los 400 golpes», de Truffaut. Tendría entonces unos quince años y me dije: «Yo quiero hacer eso». Estudié arquitectura por compromiso familiar. Pero, en cuanto pude, me apunté a la Escuela Oficial de Cine. Y, como en la especialidad de Dirección era muy difícil entrar, había sólo ocho plazas para doscientos aspirantes, opté por Decoración, donde éramos siete aspirantes y había también ocho plazas. El éxito en este caso estaba asegurado.

-Pasemos del Colomo que recibía clases, al Colomo que las da. Usted ha impartido recientemente un máster de dirección en la Escuela Universitaria de Artes y Espectáculos (TAI). ¿Qué aconseja a la gente joven que quiere hacer cine?

-Pues que lo haga. Lo importante es ponerse en marcha, empezar a contar historias, ya sean de un minuto, de cinco o de noventa. Además, hoy en día con un móvil puedes rodar y con un ordenador montar tú mismo las películas? Y, bueno, también se aprende bastante viendo cine. Actualmente hay muchas más facilidades que antes para ver las veces que desees el mismo largometraje.

-El pasado, el presente... ¿qué diferencias hay entre hacer cine ahora y hacerlo en los setenta?

-Muchas. Ha cambiado todo una barbaridad: los materiales, el sistema de exhibición... Antes se estrenaban cuatro películas a la semana y, si funcionaban, se mantenían durante meses. Ahora se estrenan doce a la semana, y, vayan bien o mal, en bastantes casos ya hay programadas otras para la semana siguiente.

-¿Le ha influido mucho Woody Allen?

-Por supuesto, y le admiro más como director que como actor. Es del único autor, junto con Alfred Hitchcock, del que tengo toda su filmografía.

-¿Qué tres películas se llevaría a una isla bonita?

Cantando bajo la lluvia», «Con la muerte en los talones» y «Los 400 golpes».

-¿Y qué género que no ha tocado le gustaría poder hacer?

-Hombre, a mí me hubiese gustado ser un director de los estudios de Hollywood de los años 40 ó 50. Aquellos que realizaban tan pronto un wéstern como un musical; aquellos a los que les decían: «Oye, que dentro de cinco meses ruedas una de barcos con Marlon Brando».

-Ahora, ¿qué se trae entre manos?

-Estoy con varios temas a la vez. El proyecto principal es un guión que estoy escribiendo con Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano para la productora Mod, de Fernando Bovaira. Pero tampoco se puede contar mucho del asunto.

-Cuéntenos entonces una anécdota de esas que se borran de la cabeza de los entrevistados cuando se les pregunta por ellas.

-Déjeme pensar, porque es difícil... Bueno, hay una divertida de cuando rodé con los Burning «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?» a finales de los setenta. Aquello fue un poco locura, porque estábamos filmando en una sala de conciertos y, como no había mucho dinero, de vez en cuando salíamos a la calle e invitábamos a la gente a pasar para hacer bulto. Figurantes pagados sólo teníamos quince y entre ellos estaba Pedro Almodóvar... El caso es que uno de los Burnning se me presentó con una camisa diferente a la del día anterior y, como tenía todo una continuidad, ¡menudo problema! Intentamos resolverlo pero fue imposible, así que pasó de llevar una camisa negra a llevar una camisa blanca. Yo me estuve comiendo el coco durante el montaje con eso, pero la cosa se quedó así y pensé que más de uno lo criticaría. Aunque lo cierto es que, hasta hoy, nadie ha reparado en el asunto. Ni yo mismo cuando he visto recientemente la película.

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