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Un héroe sin el traje Marvel

Hoy se cumple el centenario del nacimiento de Gregory Peck, un actor sin tacha y una persona intachable

Día 05/04/2016 - 19.36h

Si alguien se merece una estatua bien erguida, ése es Gregory Peck, el molde perfecto para un tipo de una pieza, recto, íntegro de una integridad absoluta y compartida entre su persona y su personaje. Una estatua digna e invulnerable a las contingencias del mármol, sea el excremento de paloma o la inspiración de Colaus, Kichis y Carmenas, pues ni en los escasos momentos en que su personaje albergó bellaquería llegó a perder del todo su dignidad y su grandeza, como aquel gallo impetuoso que interpretó en «Duelo al sol» y que picoteaba a la lozana y maliciosa Jennifer Jones hasta un final que le devolvía bien pulido todo su mármol. Y corremos un tupido velo por su interpretación de Mengele en «Los niños del Brasil».

Aunque la cima de su talla magníficamente esculpida está en Atticus Finch, el personaje de padre y abogado de «Matar a un ruiseñor», donde simboliza el mejor (y quizá el único) porte de la heroicidad, esa manera digna de ser admirado pero sin perder la modestia. Si hay alguien en el mundo que no quiera parecerse, aunque sea en un refilón, a Atticus Finch, no es de fiar. La filmografía de Gregory Peck, su sólida peana, da la impresión de querer alzarlo aún por encima de sí mismo hasta un lugar imbatible: el hombre atractivo y generoso, a pesar de ser periodista, de «Vacaciones en Roma»; el capitán intrépido de la goleta La Peregrina de «El mundo en sus manos»; el sheriff hastiado y perdido en su amor miserable por la jovencita Tuesday Weld en «Yo vigilo el camino» (en una pasión tan degradante pero inmensa como la del abogado Keane de «El proceso Paradine», o como la de ese obstinado capitán Achab detrás de la gran ballena en «Moby Dick»); el de ese capitán retirado y dueño de un rancho en Texas en la insuperable «Horizontes de Grandeza», que ha de enseñarles a todos (especialmente a su capataz, Charlton Heston) en qué consiste la auténtica heroicidad, y lo que son el valor y los valores; o su modo de convertir en entrañable a ese Ambrose Bierce de pelo blanco y bigotazo negro en el México de «Gringo viejo»?

Tanto su obra como él mismo se diría un gentilicio con una falta de ortografía: había nacido en La Jolla, California, y pareció portarla en todo su cine y vida, desde que comenzó, muy arriba, como protagonista de «Días de Gloria», del glorioso Tourneur, con un papel premonitorio, un guerrillero soviético que combatía con todas las virtudes conocidas a los invasores nazis. Y que siguió, aún más arriba, con John M. Stahl y el bondadoso padre Francis Chisholm de «Las llaves del Reino».

Hizo películas durante seis décadas, y trabajó para casi todos los grandes de Hollywood (se acaba antes al señalar sus «huecos», como Ford, Hawks o Wilder), a pesar de no ser un actor ni explosivo, ni exhibicionista, ni con «método», pues hacía rebosar sus personajes con su impecable persona, tan evocadora de fuerza como de fragilidad, tan dotada de gracias inalcanzables como de cercanía, casi vecindad? En el estrado, en la guerra, en el amor, en la vespa, en la razón y en la sinrazón, Gregory Peck ha hecho del cine un modelo del que ir tomando notas. Y tal vez no venga a cuento, pero dedicó sus últimos años a gastar su tiempo en los demás (ver el reportaje que hizo su hija sobre su gira de viejo sabio para regalarle al público lo que aún le quedaba, memoria), y a asentar para la eternidad su aura de unicornio en un mundo de acémilas. Sin duda, un tipo único, alguien que durante el rodaje de «Vacaciones en Roma» se enamoró para siempre de la periodista Verónica Passani y conservó para siempre la amistad de diosas como Audrey Hepburn y Ava Gardner. Un héroe sin el traje Marvel.

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