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Veinte años sin Marcello Mastroianni

Veinte años sin Marcello Mastroianni

El actor italiano, uno de los rostros más conocidos del cine europeo de posguerra, falleció en diciembre de 1996 en su casa de París

Día 11/04/2016 - 11.41h

Marcello Mastroianni nunca quiso morir, pero la vida del actor italiano se apagó en su apartamento de la parisina rue de Seine el 19 de diciembre de 1996. Pocos meses antes, el intérprete había viajado a Portugal para rodar su última película, «Sostiene Pereira». Dirigida por Roberto Faenza e inspirada en la novela homónima de Antonio Tabucchi, el filme relata las peripecias de un anciano periodista luso inquieto por sus achaques, viudo, anciano y ajeno a las turbulencias causadas por la dictadura de Salazar o la Guerra Civil española. La primera escena muestra un plano general de Lisboa. Tras el inicio de la banda sonora de Ennio Morricone, un anciano Mastroianni aparece ante las cámaras y la voz del narrador, de fondo, introduce la historia: «Sostiene Pereira que desde hacía algún tiempo también él reflexionaba sobre la muerte. ¿Por qué? (..) ¿Sería porque estaba obeso, padecía del corazón y el médico le había advertido que no duraría mucho si no se cuidaba adecuadamente?». Aunque no es una certeza, quizá un actor pueda compartir las inquietudes de su personaje.

Mastroianni, que nos abandonó hace veinte años, expresó un afecto tan profundo por la vida como su rechazo a abandonarla. «Viejo, enfermo, tonto. Pero lo que no quiero es morir», confesó en una entrevista concedida a TVE, ya anciano. «Se está bien aquí: trabajar, mis amigos, los árboles, la comida, la bebida, el amor. Todo terrenal», añadió a continuación, con su español macarrónico. Nunca consideró su profesión una carga, sino una suerte. «Si no trabajaba, estaba destrozado. A veces iba a verle en vacaciones y era terrible. Comía mucho y se echaba largas siestas, pero si participaba en una película se llenaba de vida», contó al medio británico «The Guardian» Chiara, su hija con la actriz francesa Cathérine Deneuve. En la revista gala «L'Express», la también intérpetre recordó, años antes, el apoyo que su padre le brindó en sus comienzos: «Al contrario que mi madre, se alegraba enormemente de que eligiese este trabajo. Como otra forma de complicidad entre nosotros... me decía: 'Sé natural. Que no se te suba a la cabeza. No seas pretenciosa...'».

«Lo nuestro, lo de los actores, es sobre todo un juego. Mira cómo se dice en otros idiomas (actuar): en francés 'jouer', en inglés 'play', juego, jugar. Esto es el teatro, ya sea comedia o tragedia o sea el cine, siempre un juego», reflexionó Mastroianni en el periódico «La Repubblica» poco antes de morir. Con esa concepción sobre su trabajo labró una carrera que empezó a las órdenes del cineasta Luchino Visconti y que le catapultó a la fama con el estreno de «La dolce vita» (1960), película que selló su relación, laboral y amistosa, con el director Federico Fellini. Un trato fructífero, decisivo también. Mastroianni se convirtió en una de las caras más populares del cine europeo, aunque pagó el precio de arrastrar el sambenito de «latin lover» durante décadas. El tema, que no le hacía ninguna gracia, solía sacarle de quicio. Y para deshacerse de esa fama -fama que achacaba a la imaginación de los periodistas americanos-, aceptó papeles alejados del cliché de tipo mujeriego, triunfador y graciosete: si en «El bello Antonio» (Mauro Bolignini, 1960) encarnó a un impotente, en «Divorcio a la italiana» (Pietro Germi, 1961) dio vida a un barón siciliano, patán y «cornudo», y en «Una jornada particular» (Ettore Scola, 1977) a un homosexual represaliado por el fascismo.

«Mis mujeres son mis dos hijas», afirmó tajante en una entrevista concedida a la televisión francesa en diciembre de 1987, tras ser preguntado por su vida personal. «A las otras las quiero, las adoro, evidentemente. Pero el amor verdadero, grande, son mis dos hijas», subrayó acto seguido. La primera de ellas, Bárbara, nació de su matrimonio con Flora Carabella. Una unión fallida que no acabó en divorcio, al menos jurídicamente. Mastroianni, que mantuvo relaciones con actrices como Faye Dunaway o Cathérine Deneuve, llegó a la vejez desencantado de sus amoríos. «Si quiere saber lo que opino sobre el amor-pasión, voy a decepcionarle: apenas lo conozco. En alguna ocasión creí sentirlo, pero vaya usted a saber si no era solo sufrimiento debido al sentimiento de haber sido rechazado... ¿De qué otra forma se siente la pasión? Pues cuando se sufre por ella», declaró en el citado reportaje del diario «La Repubblica». Sin embargo, una mujer siempre estuvo a su lado.

«Nuestra amistad no necesitaba de muchas palabras. Nos entendíamos con la mirada, con los gestos y nuestra mutua presencia nos daba ánimos. Jamás nos reprochamos nada ni nos quejamos el uno del otro, y tampoco pretendimos nada diferente de lo que nos ofrecíamos», explicó la actriz Sofía Loren sobre Mastroianni en sus memorias, «Ayer, hoy y mañana». Un título que ya resulta revelador, dado que alude a una película del mismo nombre, dirigida por Vittorio de Sica y estrenada en 1964, que protagonizó junto al actor. Hubo mucho más títulos: «Matrimonio a la italiana» (Vittorio de Sica, 1964), «Los girasoles» (Vittorio de Sica, 1970) o «Una jornada particular» (Ettore Scola, 1977) solo son algunos de ellos. En 1993, ambos entregaron el Óscar honorífico a Federico Fellini. «Grazie, Marcellino», musitó el director tras recibir la estatuilla, en una escena que osciló entre lo cómico de su inglés con un marcado acento italiano y la ternura de tres iconos del cine reunidos en su ocaso.

«La vida es una fiesta», sentencia Guido, ese desastroso director de cine, en pleno bloqueo creativo, que protagoniza «Ocho y Medio» (Federico Fellini, 1963). Mastroianni siempre consideró esa película como la mejor de su filmografía. Sigue sin existir una certeza, pero quizá un actor pueda compartir las inquietudes de su personaje. O al menos lo que afirma: «¿Pero qué es esta repentina felicidad que me hace temblar, que me da fuerza, vida? Guido os pide perdón, dulcísimas criaturas. No había entendido, no sabía. Qué justo es quereros, amaros. Y qué sencillo. Luisa, me siento como liberado. Todo me parece bueno, todo tiene un sentido. Todo es verdadero. ¡Cómo me gustaría explicarme! Pero no sé cómo. Y todo vuelve a ser confuso, como antes. Pero yo soy esta confusión. Yo como soy, y no como quisiera ser. Y ya no tengo miedo de decir la verdad: lo que no sé, lo que busco, lo que no he encontrado todavía. Solo así me siento vivo y puedo mirar tus ojos fieles sin avergonzarme. ¡La vida es una fiesta! Vivámosla juntos. No os puedo decir nada más, ni a ti ni a los otros».

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