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El hombre que pudo haber evitado el espionaje masivo de la NSA
William Bennie, en una escena del documental «A good American« que proyecta la Cineteca de Madrid este viernes

El hombre que pudo haber evitado el espionaje masivo de la NSA

La Cineteca de Madrid presenta «A Good American», un documental que retrata la vida de William Binney, un exagente que diseñó un programa más barato, eficiente y seguro que el sistema revelado por Edward Snowden

Día 09/05/2016 - 22.51h

No hay nada más doloroso para los estadounidenses que el 11 de septiembre de 2001. Es el tema más espinoso al que uno se pueda acercar: las muertes, el duelo, sentirse vulnerables, ver cómo el corazón de América se derrumbaba incapaces de hacer nada. Ante este panorama, es poco menos que imposible que en Estados Unidos se escuche ?o se respete incluso? a quien diga que él podría haber evitado el 11-S. O que sostenga que la tercera persona al mando de la NSA, Maureen Baginski, confesó en privado que el 11-S «fue un regalo» para su organización, «una lluvia de millones».

Quien habla de esta manera es William Binney, extrabajador de la NSA, el hombre que diseñó junto a un equipo de 12 personas ThinThread, un proyecto que buscaba recopilar información de forma masiva pero protegiendo la privacidad de los ciudadanos de a pie. ThinThread era un programa barato y seguro, muy diferente de lo que actualmente hace la NSA, que tal y como desveló Edward Snowden puede acceder ?y accede, almacena y utiliza? a los datos personales de todos, sean sospechosos de algo o no.

«No mires todo el contenido [de las comunicaciones], mira con quién se relaciona la gente y las organizaciones», dice William Binney durante un momento del documental «A good American». La cinta, que estrenó el jueves la Cineteca de Madrid y que todavía se podrá ver este viernes dentro del ciclo Documentamadrid, retrata la vida profesional del que era considerado como «el hombre que más sabía de lo que hoy llamamos como metadata» o «el mejor analista de tráfico de datos de la agencia», según las voces de algunos de sus compañeros y superiores. Sin embargo también era considerado por algunos de ellos como «el gran satán» o el mismo «Diablo». No querían trabajar junto a él, porque, según reconoce, tenían miedo de perder sus empleos. No jugaba a la política de las agencias estadounidenses de buscar financiación para sus proyectos. Prefería trabajar en su pequeño despacho analizando patrones en la sombra. Y así fue cómo logró descubrir que la URSS iba a invadir Checoslovaquia dos días antes de que los rusos lanzaran el ataque. Estaba trabajando en la oficina de inteligencia de Turquía, no muy lejos de la frontera soviética, recopilando información para derribar el comunismo cuando se fijó en que las llamadas eran diferentes a las propias de los ejercicios militares. Así pudo saber, sin conocer el contenido de los mensajes, lo que los soviéticos estaban planeando. Un éxito para alguien que pidió ese destino siendo muy joven porque no quería «ir de caza a Vietnam». A las pocas horas de comunicar a sus superiores los planes rusos, recibió una carta firmada directamente por «Dios» en la que le destinaban a los cuarteles generales de la NSA en EE.UU. Querían aprovechar su talento y tenerlo cerca.

Su gran talento era algo que hasta entonces pocos utilizaban: el dominio de la metadata, de los datos sobre los datos. Mientras el resto de la agencia trataba de entender las comunicaciones que masivamente almacenaban, él seguía patrones gracias a las matemáticas y la ingeniería: «Encontré cinco indicadores de alarma que me hicieron comprender el ataque a Checoslovaquia. El resto de analistas trabajaban con hasta 100 indicadores que no les ayudaban; mis cinco indicadores ni siquiera estaban entre esos 100 que ellos guardaban». Basura, llega a calificar esos datos. Gracias a sus patrones, pudo prever el ataque del 73 en Yom Kippur y la invasión de Afganistán en 1979. Su fama era merecida dentro de la organización.

En ese tiempo alcanzó el prestigio mientras se daba cuenta de lo que realmente movía a la agencia: el dinero. Lo supo mucho antes, pero la gran revelación ocurrió cerca del año 2000. Uno de los nuevos jefes de la agencia, al descubrir el proyecto que Bill y sus 12 compañeros habían levantado, ThinThread, le ofreció un presupuesto de 1200 millones de dólares al año. «Lo que hemos hecho hasta ahora lo hemos conseguido con un par de millones», y rechazó el dinero. A los días, volvieron. Esta vez le ofrecían 1,400. Y le advirtieron: «cógelo». El plan que le pedían era hacer que las agencias estadounidenses de inteligencia tuvieran una «actualización a la era digital». Dijo que lo podía hacer con 300 millones, que el resto el Gobierno lo podía invertir en otras cosas. A los pocos días cancelaron su proyecto y le dieron la responsabilidad ?y el poder real de la agencia? al proyecto TrailBlazer, de capital privado, que costaba una decena de miles de millones a los contribuyentes. Semanas después, dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas. TrailBlazer almacenaba tantos datos que a los analistas les era prácticamente imposible discernir entre los útiles y lo inútiles. Les fallaba el dominio del «big data», del que William se convirtió en experto.

Todos somos sospechosos

William y su equipo lograron crear ThinThread trabajando en equipo, eliminando la burocracia e intentando no hacer mucho ruido. Además sumaron el componente ético: protegían la libertad de los ciudadanos estadounidenses salvaguardando sus datos. No accedían a comunicaciones personales y sólo revelaban esa información si el sospechoso entraba dentro de una «red a investigar». Lo hacían mediante el análisis de la metadata. Datos y datos bien categorizados que les permitían controlar toda la información que almacenaban.

ThinTread era la antítesis a todo lo que hacía la NSA. «Cuando llegué a la agencia, pensaban que eran la vanguardia del mundo. En realidad no estaban preparados para el gran salto a la era digital», cuenta en «A good american» Diane Roark, exfuncionaria del comité de inteligencia de la NSA. «Allí almacenaban toda la información como basura», recalca. William Bennie lo explica de otra manera: durante años, a finales de los 70 y primeros de los 80, pedía material para su proyecto. Los superiores le pedían que hicieran memorandum y requerimientos con los que después iban al Congreso a pedir fondos. «De esta manera ellos construyeron su imperio, pero nunca solucionaron mi problema. Ellos solo cogían el dinero y me pedían más requerimientos, para hacer más memorias, y volver al congreso». Así hasta que por fin en 1983, «milagrosamente», le dieron un PC de 64KB. Junto a un compañero creó un algoritmo con el que preguntar a la base de datos lo que necistaba y obtener resultados concretos. Y funcionó. «Mientras, el resto de la agencia, con sus ordenadores centrales que ocupaban un edificio de 3 hectáreas, no eran capaces de tener ese dato. Un dato que yo sí podía recuperarlo en mi pequeño PC».

«En ese proceso aprendí que si tu quieres algo, tu lo tienes que conseguir». Y para regocijarse reunió a varios compañeros y les mostró cómo funcionaba: «Empezaron a sudar. Ahora eran ellos los que me pedían datos que no podían encontrar en los ordenadores centrales. Y yo les decía: ?mandame una memoria y te daré ese dato?». cuenta entre risas. Fue el gran salto de ThinThread.

Tras el 11-S, y con el capital privado dominando la agencia, William y su equipo fueron defenestrados. Firmaron contratos con la CIA, el FBI? pero cuando empezaban el proyecto les vetaban desde la NSA. Entonces empezaron a denunciar las irregularidades de la NSA, de la gente que se puso al mando y que tapó los errores cometidos. Desde entonces se vieron envueltos en problemas, con redadas en su casa y un juicio que acabaron desestimando porque demostraron que habían fabricado pruebas en contra de William Bennie. En ese momento el «decidió pasar al ataque». Le permitió a Friedrich Moser hacer la película y empezaron a salir en los medios. «Exponer el caso fue la forma de protegernos. Tuvimos miedo», cuenta Bennie a ABC. Desde entonces aparecieron en los principales medios de Estados Unidos para evitar nuevas agresiones. Pese a que utilizó los medios, es crítico con ellos: «No ponen el foco donde deben, para explicar al público lo que ocurrió en la NSA», sentencia.

Friedrich Moser, director del documental, es igual de crítico: «No entiendo cómo esta historia no ha sido contada en Estados Unidos, con los grandes directores de cine que hay allí. La historia se presta». Por eso decidió hacer un documental alejado del formato tradicional. «Parece más un thriller. Para mi la historia de Bill y su gente es un thriller, por eso utilizo una fotografía y una música de thriller en el documental», analiza para ABC.

Durante la entrevista, William Bennie utiliza el iPhone que ve sobre una mesa para exponer que ninguna comunicación está fuera del alcance de la NSA: «Ni las que se hacen a través de Thor [el navegador de la «web profunda»]. Y suma sus críticas a Apple y otras empresas como Google. Asegura que estas compañías, como han demostrado con el caso del tirador de San Bernardino, dicen proteger la privacidad de los usuarios. Lo hacen de cara a la galería, como protectores frente a los gobiernos, cuando se sabe tienen puertas traseras y que almacenan todas y cada una de las cosas que hacen sus usuarios.

Para el director del documental, el presente es aún más aterrador que lo evidenciado por las escuchas de Edward Snowden: «Ya no solo van a escucharte, van a saber dónde estás; ahora además, con los dispositivos wearables, van a poder interactuar con tus dispositivos contra ti. «Si saben que vas a ir a una manifestación contra el Gobierno, igual modifican algo de tu casa para que no puedas ir». Virus a medida. Por eso, para evitar el dominio absoluto de las agencias como la NSA en un futuro que cada vez es más presente, Friedrich Moser aboga por legislar más que por una carrera tecnológica, ya que ni usuarios ni otros gobiernos podrán competir contra EE.UU. «Los políticos de Europa y Estados Unidos deben ponerse de acuerdo para evitar esto. Debe ser desde los Parlamentos desde donde se proteja a los ciudadanos», concluye.

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