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Woody Allen abre el Festival de Cannes con su triste, divertida y feliz «Café Society»
Allen (derecha), dirigiendo a los protagonistas durante el rodaje de «Café Society»

Woody Allen abre el Festival de Cannes con su triste, divertida y feliz «Café Society»

La película del director neoyorquino es la pequeña obra maestra de un octogenario que le permite a cualquier persona ver, paladear, comprender esa broma inquietante que es el amor

Día 11/05/2016 - 19.03h

Woody Allen no necesita salir de su barrio para saberlo todo del mundo y sus habitantes. Ha venido a Cannes una docena de veces, ha viajado a otros festivales, ha hecho películas en varios países de Europa, pero nunca con la intención de conocer ni saber algo más del mundo y sus habitantes, pues tiene (y produce) la impresión de que todo lo esencial que hay en el interior del ser humano se puede ver desde su ventana a Central Park. «Café Society» inauguró anoche el 69 Festival de Cine de Cannes y es, además de la última película de Woody Allen, la pequeña obra maestra de un octogenario que le permite a cualquier persona ver, paladear, comprender esa broma inquietante que es el sentimiento amoroso, tan inevitable y fuera de control como un «tic». Como el octogenario lo sabe todo, no necesita dar la impresión de que es sabio, y utiliza la ligereza y el sentido del humor para hablar de ello y contarnos una historia llena de ese feliz encanto de la media sonrisa pero atravesada de tristeza.

El protagonista es un joven tocado del aura Allen, pues el actor Jesse Eisenberg es una percha perfecta para sus camisas gastadas y sus contradicciones, tanto las morales como las geográficas (el retrato banal de Hollywood y el maravilloso de Nueva York), y su sencillísima historia de amor con el personaje vulgar pero sublimado que interpreta Kristen Stewart adquiere en las manos de Woody Allen una sutil profundidad y un desarrollo atractivo y un lenguaje cercano que no le permite a la película aparentar lo grande que es, lo sumamente intensa, penetrante y reflexiva, y la lucidez y la desesperanza con la que habla de cuando la vida y el amor no caminan juntos; un sentimiento casi tópico, que no necesitaría explicación por vulgar y visto, pero que consigue modelar con la precisión de un poeta (de los de antes) sin otra cosa que filmar (!filmar!) el pensamiento en su huida hacia el amor, que está en otro sitio.

Naturalmente, Woody Allen despreciaría estas líneas escritas, porque su película es otra cosa, es una descripción ligera del Hollywood de los años treinta y del Nueva York del jazz y los clubs, y de la ingeniosa palabrería de una familia judía, y de los métodos de los viejos gángster. Es el revestimiento magnífico, argumental y ambiental que le procura Woody Allen a su almendrita, esa no historia de amor que se lleva dentro y que no te impide ser «feliz», pero que es un billete siempre en uso para que viaje tu pensamiento. No es difícil pensar que «Café Society» es una película viejuna, que habla de sentimientos que todo el mundo conoce y que trata los mismos asuntos de siempre del universo Allen, con los recursos de lenguaje conocidos, como la voz en «off», los diálogos afilados y la imagen (maneja Storaro) que subraya o contradice la textura y lo textual de las ideas de Allen. Y no es difícil pensar eso, porque no es difícil pensar tonterías: hoy se alaban obras que necesitan horas para (no acabar de) explicar lo que Allen dice en un par de planos, y envolver toda esa sabiduría, esa captura del sentimiento, en ligereza en vez de en murria plomiza. Confundir, o fundir, lo divertido y lo triste sin darse mayor importancia y sin inventar nada. Que inventen otros.

Pero con el Festival de Cannes, como con Woody Allen, hay que desconfiar de esa sensación de que «es lo de siempre». El programa de este año parece el del anterior, y el anterior, pero será, sin duda, una continua sorpresa y novedad. También los medios de seguridad del Festival parecen lo de siempre, colas, cacheos, miradas de fulanos como salidos de una de Eastwood y que te hacen sentir culpable de algo. Pero, no son los medios de seguridad de siempre, son un poquito más lejos las colas, más a conciencia los cacheos y unas miradas más amenazantes, raro será que este año no le hagan a uno confesar algo, lo que sea.

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