ABC.es

HoyCinema

patrocinado por .
Cannes: un pequeño chasco con Cristian Mungiu y Xavier Dolan
El director Cristian Mungiu, durante una rueda de prensa en el Festival de Cannes

Cannes: un pequeño chasco con Cristian Mungiu y Xavier Dolan

Albert Serra presenta fuera de concurso su película empelucada y contemplativa sobre «La muerte de Luis XIV»

Día 19/05/2016 - 20.38h

Dos de los directores clave del programa oficial de esta edición, el rumano Cristian Mungiu, que ya ganó una Palma de Oro con «4 meses, 3 semanas, 2 días», y Xavier Dolan, el jovencísimo genio canadiense que la ganará cualquier año de estos, compartieron el interés de la jornada con «Baccalauréat» (Graduación) y «Juste la fin du monde», obras de enorme singularidad y fuerza pero con escasa metralla para situarse entre las dos o tres que hasta ahora son favoritas. Fuera del meollo de la competición había dos obras más interesantes para nosotros, una por cercana pero lejana, la del catalán Albert Serra «La muerte de Luis XIV», y otra por lejana pero cercana, la del japonés Hirokazu Kore-Eda «Después de la tempestad».

Albert Serra es el cineasta de lo grande y de lo pequeño, de El Quijote, de Casanova, de los Reyes Magos?, ahora de Luis XIV, el «Rey Sol». Tiene un estilo radical que convierte a su cine en menos «para todos los públicos» que el porno duro, y su narrativa le busca la espalda a la historia que quiere contar. En esta ocasión utiliza el primer plano devastado y empelucado de Jean Pierre Léaud, un actor tan radical como él, para extasiarse en esas últimas semanas de la vida de Luis XIV, ya postrado en su lecho y con la gangrena adueñándose de su pierna izquierda. No hay grandes frases ni momentos en mayúscula: sólo esa medida del tiempo de estar muriéndose, encuadrado con gusto, sin la menor prisa y a la luz amarillenta de las velas, la infección y algún rapto de humor tan negruzco como la pierna del rey (la cháchara ignorante de los médicos de alrededor ante el hecho fatídico tiene los mismos ecos que la cháchara de la crítica de cine ante el hecho fílmico). La obra de Albert Serra va adquiriendo cierta vestimenta, mejor ornamento visual, aunque no renuncia a ser lo que es: no compite ni por la palma de oro ni por las colas en las taquillas.

Justo lo contrario que el japonés Kore-Eda que busca el corazón de sus espectadores como Lecter el hígado de sus víctimas. «Después de la tempestad» es, de nuevo, una historia familiar de alto contenido sentimental pero expresado en voz baja y mediante una imagen serena y húmeda. Habla de muchas cosas, pero especialmente de ese escalón insalvable para el ser humano en general entre lo que soñaba ser y lo que es.

Y abrimos el capítulo del cine a competición con Xavier Dolan, que llena de tensión, musicalidad y ruido la pieza teatral de Jean-Luc Lagarce, autor de la emoción y el tormento que falleció hace un cuarto de siglo de sida. «Juste la fin du monde» narra la vuelta a casa, tras doce años de ausencia, de un escritor que tiene que anunciarle algo a su familia, su madre y sus hermanos: su muerte inminente. Como en su anterior y furiosa película, «Mommy», aquí Dolan recoge la intimidad, el amor y el desconsuelo de esos personajes mediante una batalla de gritos e histeria. Es el juego, histeria e historia se entrelazan para retratar el tormento individual y familiar, pero, a pesar de la intensidad de la imagen y de la voluntad de la música, la película gana esa batalla de echarte fuera de ella; y a pesar o a causa de unas interpretaciones irritantes de Vincent Cassel, de Nathalie Baye y Léa Seydoux, y de las terapéuticas de Gaspard Ulliel y Marion Cotillard. Es fácil entender todo ese tortuoso proceso de composición y descomposición familiar, pero lo que ya no es tan fácil es mantener con la película el menor contacto emocional. Dicho de otro modo: te importa un bledo.

Y la de Cristian Mungiu, que tenía otra dirección y otro sentido, compartía esa falta de vínculo de atracción, aunque sí resultó una magnífica ocasión para reflexionar sobre lo fácil que se relajan los músculos de la moral, sobre cómo un pequeño desvío en la conducta te lleva a otro que lo justifique, y de ahí a la pequeña mentira, y luego al pequeño favor, y tras él a encontrarse en los terrenos de la corrupción y en las cien coartadas personales que la justifican. «Baccalauréat» es más una película para recapacitar que para sentir o emocionarse, pues la historia de ese médico empeñado en que su hija se gradúe con la nota suficiente para poder ir a una Universidad británica (en realidad, salir de Rumanía) no tiene el suficiente pegamento afectivo (eso que se llama empatía).

En fin, ya han pasado dos de los directores más esperados y dejan, más que un par de buenas películas, un cierto sentimiento de pequeño chasco.

Comentarios