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«Un doctor en la campiña»: la soledad de un médico rural, sin nadie con quien hablar...
El director francés Thomas Lilti a su paso por Madrid

«Un doctor en la campiña»: la soledad de un médico rural, sin nadie con quien hablar...

El cineasta francés Thomas Lilti estrena este homenaje a la valiosa figura del profesional de la medicina en el pueblo, cada vez más escasa

Día 27/05/2016 - 12.35h

Sergio del Molino, estudioso del mundo rural patrio con su ensayo «La España vacía», comenta que uno de los problemas más dramáticos en los pueblos es el reclutamiento de personal formado, lo que no deja de ser una constatación, del que se ha preocupado por ello, de la realidad del día a día de sus habitantes. Una nueva expresión de este abandono rural, que no solo es español, llega a nuestros cines con «Un doctor en la campiña», película francesa dirigida por Thomas Lilti, que además fue cocinero antes que fraile. O sea, médico (y de pueblo) antes que cineasta.

El que fuera también director de «Hipócrates», que por el título ya habrán adivinado que también va sobre el ejercicio médico, quería con esta película homenajear a los médicos del campo, ya que «exige unas competencias humanas que no a todo el mundo se le dan bien, de escucha y de empatía. Es mucho más que un médico, es un psiquiatra, un amigo, un confidente...», cuenta Lilti. En la cinta, este médico rural es interpretado por François Cluzet, diagnosticado de una grave enfermedad a su vez, que recibe la ayuda para ejercer su labor de Marianne Denicourt, que tendrá que adaptarse a la vida en la campiña. Y al propio y severísimo doctor, un solitario que tiene al hijo en París, todo ello para mostrar finalmente «una historia de amor por la medicina».

«En Francia tenemos un grave problema de desertificación. Los jóvenes médicos no quieren instalarse en el campo. Ocurre en todas las profesiones y plantea un problema grave: ¿qué hacemos con todas esas personas que viven en el campo y que no tienen acceso a la salud ni a los servicios públicos en general?», reflexiona el director.

En su elegante disco del pasado año, llamado «Lo malo que nos pasa», Francisco Nixon hace un resumen perfecto de esta película en su canción «Médico rural». El gijonés canta: «En la soledad de un médico rural, sin nadie con quien poder hablar, con doscientas almas a mi cargo». El propio director, que todavía no llega a los cuarenta, ejerció durante cuatro años de ello. «Aprendí que era un oficio muy difícil y que quizá no tenía las competencias ni las cualidades humanas adecuadas. Y el sacrificio en la vida privada. Un joven médico ahora, ya sea hombre o mujer, tiene que pensar qué va a hacer su cónyuge, de qué trabaja». Y ahora vuelve a aparecer cantando Nixon: «Y soñé que estábamos los dos, en un mar de color añil, nadando, entre algas fosforescentes. Oh, Isabel, Isabel».

¿Y qué se puede hacer para revertir esta desertificación? «Estoy convencido de que la solución viene a través de la formación. Los médicos en Francia están mal seleccionados, porque se hace través de un examen de primer año de entrada, muy selectivo, a los 18 años. No selecciona a los que tienen más vocación o a los mejores alumnos para el futuro, sino a los más estudiosos. Creo que hay un desfase entre ser muy bueno para hacer un examen y ser un médico que potencialmente tenga sentido de vocación y de ejercer esa vocación. La primera gran reforma sería la selección de médicos. Y la formación. El 95% se forma en hospitales, no salen. ¿Crees que durante diez años sin salir de los hospitales puedes sensibilizarte por una medicina que se hace fuera, en el medio rural?»

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