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La «intifada» de Fatima Elayoubi
Soria Zeroual, en una escena de «Fatima»

La «intifada» de Fatima Elayoubi

Con un presupuesto de 2,5 millones de euros, 78 minutos de duración y una protagonista que no es actriz, Philippe Faucon estrena en España la mejor película francesa de 2015

Día 04/06/2016 - 17.11h

Un presupuesto modesto de 2,5 millones de euros, una protagonista que ni siquiera era actriz y que jamás había interpretado un papel, ni tan siquiera cuando iba al colegio, y una duración de apenas 78 minutos. A Philippe Faucon no le ha hecho falta mucho para rodar el filme francés más importante de 2015, gran triunfador en los Premios Cesar como mejor película, mejor actriz revelación y mejor guion adaptado. «Fatima» es la adaptación cinematográfica de «Prière à la lune» y «Enfin je peux marcher toute seule», los poemarios en los que la autora marroquí Fatima Elayoubi volcó su propia experiencia como inmigrante en Francia, donde huyó con 30 años y sin saber el idioma, en 1987, siguiendo a un marido del que después se separó. La trama comienza mucho tiempo después, con la protagonista viviendo sola con sus dos hijas nacidas en el país: Souad (Zita Hanrot), una adolescente rebelde de 15 años, y Nesrine (Mehdi Senoussi), que lucha por comenzar sus estudios de medicina a los 18. Para sacarlas adelante y ofrecerles el mejor futuro posible, Fatima trabajó como una mula como limpiadora en varios trabajos de turnos infinitos, hasta que el agotamiento le pasó factura y sufrió una caída por las escaleras.

Durante su convalecencia, en 2001, empezó a escribir en árabe lo que no había podido decirle a sus hijas en francés hasta ese momento: «Ya no tengo miedo, me voy sintiendo más segura»; «Mi alma se inclina ante aquellos que han nacido con difícil acceso a la educación. Me inclino antes aquellos que van a un país cuya lengua no saben hablar y crían a generaciones de jóvenes»; «Mi hija y sus amigas viven en un mundo francés y yo no hablo bien francés. Y por eso se nos desprecia», o «¿Cómo van a estar orgullosas? Es por la lengua. Es como si no tuvieran padres». Tras peregrinar por numerosos hospitales donde no identificaban su dolencia, una doctora de Nanterre tradujo sus escritos al francés y consiguió que se los publicaran: «Las radiografías no revelan nada / pero su malestar es el de una madre que sufre / porque para alimentar a sus hijas / tan solo tiene su cuerpo herido», dice uno de sus versos de la protagonista.

«Cuando la conocí, me encontré con una personalidad muy cautivadora, de alguien que de joven no pudo terminar sus estudios porque su familia, que tenía poco dinero, la sacó de la escuela. Pero ella, por su cuenta, encontró la manera de aprender a escribir y leer el árabe», cuenta el director a ABC sobre una Elayoubi que acabó haciendo lo mismo con el francés, para derribar la barrera de la incomunicación que se había creado con sus hijas, criadas en Francia:: «Hoy lo habla con un vocabulario muy rico y de manera muy precisa. Después de jubilarse se matriculó en la universidad y acabó licenciándose en Filología Francesa. Ahora se dedica a escribir».

La prensa francesa ha descrito «Fatima» como «una película delicada de la que es imposible hablar mal», «un himno a las heroínas invisibles llevado por un trío de actrices excepcionales» o «una obra de gran inteligencia, hermosa claridad y una humanidad refrescante». Ha llegado este viernes a las carteleras españolas con la idea de mostrar más allá de Francia la historia de amor, sacrificio y sufrimiento de una inmigrante cualquiera, tan profunda como sutil y dulce, en la que el realizador no ha tenido que echar mano de los fuegos artificiales o del maquillaje propio de las grandes producciones. Lo que hay es lo que se ve, y es más que suficiente.

- ¿Cuál fue la reacción de Fatima al ver la película?

- Antes de verla estaba muy nerviosa, porque tenía miedo de llevarse una decepción. Yo le había explicado que había cierta necesidad de ficción y que la película se iba a convertir en algo distinto de su diario, pero estaba preocupada por cómo iba a verse su experiencia. Yo, sin embargo, tenía claro que no quería ni traicionarla ni desnaturalizar su historia, incluso existiendo esa necesidad de ficción. Primero le enseñé un montaje y después vio la versión final en el Festival de Cannes. Me dijo que le había gustado mucho. Fue un momento muy emocionante.

- ¿Participó ella en algún proceso de la película?

- Leyó distintos estratos del guion mientras se iba escribiendo y me hacía comentarios.

- ¿Cómo llegó la obra de Fatima a sus manos?

- El proyecto me lo propuso Fabienne Vonier, una productora francesa que había escuchado hablar de Fatima en un programa de radio. Leyó el libro, una especie de diario muy íntimo y poético escrito durante sus 20 años de vida como trabajadora en Francia, y compró los derechos. En principio no era un material como para hacer un guion, pero había algo que me interesó mucho: el hecho de que se perseguía esa necesidad de expresarse por parte de alguien que ha perdido la capacidad de comunicarse en su trabajo y con sus hijos, que hablan un idioma que ella no domina.

- El tema de la inmigración es la piedra angular de sus películas. ¿Por qué le interesa tanto?

- Porque tiene que ver con mi historia familiar. Soy descendiente de personas que se han encontrado en esa misma situación de tener que empezar una vida nueva en un país nuevo del que no conocían el idioma y los códigos. Mis abuelos no hablaban francés y mi madre no lo hablaba en su infancia. Eran invisibles para la sociedad en que vivían. En ?Fatima? he recuperado comportamientos que conocí en ellos. Creo que éste es, sin duda, un tema al que soy muy sensible. Y, además, estoy casado con una mujer de origen argelino, con la que comparto la certeza de saber que estamos entre dos mundos. Los personajes de mis películas son como las personas que me rodean.

- ¿Cuáles son los directores con los que más se identifica?

- Maurice Pialat, sin duda. Alguien que me influenció mucho cuando era más joven, porque hacía un cine de puñaladas que me parecía más interesante que el cine francés rimbombante de esa época. Pialat tiene una escritura que va directamente al nudo de tensión de los relatos con un montaje en el que no pierde el tiempo. Y es un director al que le interesan los personajes cercanos, es decir, personajes de categorías sociales menos favorecidas.

- ¿Qué película aconsejaría de él?

- «La infancia desnuda», de 1968, que es la historia de un niño de 10 años al que colocan en una familia de acogida.

- ¿Por qué escogió para los papeles principales a tres mujeres que ni siquiera eran actrices?

- La protagonista no debía dominar el francés. Podría haber conseguido actrices que, hablando el idioma perfectamente, fingieran que no, pero eso no es fácil ni para las grandes intérpretes. Eso se nota. Hice muchas pruebas, pero ninguna me convenció, así que me convencí de que debía escoger a alguien que realmente no supiera hablar francés. A las hijas de Fatima las encontré en una agencia. La mayor acababa de salir del conservatorio de París y había hecho alguna cosa de teatro, pero la más joven no tenía ninguna experiencia en la interpretación. Su agente debió pensar que tenía algo... y no se equivocó.

- ¿La violencia que sufren las tres, a pesar tener diferente edad y moverse en diferentes ambientes, es la misma?

- Sí, lo es. Son tres mujeres que sufren esas miradas externas que les reduce y las encierra, las coloca, las estereotipa, que les designa un lugar. Y son tres mujeres que necesitan afirmar que son otra cosa.

- «Esta es mi intifada», dice Fatima. ¿Eso es la película, una especie de intifada pero sin piedras?

- Esa es una expresión de Fatima que la he cogido de su libro y con la que quiere decir que esa es su lucha, permitir que sus hijas accedan a lo que a ella le han privado. En cierta manera, la película tiene que ver con esa intención.

- Ha contado una historia muy profunda en tan 78 minutos, muy poco tiempo para los largometrajes que solemos ver. ¿Fue una premisa establecida de antemano?

- La película tenía que ser densa para reflejar esa especie de ruina cotidiana. Mostrar a un personaje que, aunque parezca muy pequeño, es muy completo y vive una lucha continua de supervivencia. Por eso no imaginaba que fuese a ser una película de dos horas, sino de una hora y 20 o 30 minutos. Con el guion que escribimos podía haber llegado a una hora y media, pero no pude rodarlo entero, porque quería darles tiempo a las tres actrices, aunque tuviera que sacrificar algunas escenas.

- ¿Qué historia le hubiera gustado desarrollar más si hubiera tenido más tiempo?

- Hay secuencias de la película particularmente difíciles para una actriz con poca experiencia, como en la que Fatima está delante del médico y explica cómo se siente. Esa escena estaba muy desarrollada en el guion, pero no era fácil para una actriz no profesional y no pudimos rodarla como se debía. También se cayeron escenas de la hermana pequeña, porque en Francia una chica de 15 años no puede rodar más de cinco horas al día por ley. Eso hacía difícil el plan de rodaje para una película con un presupuesto tan pequeño como éste y hubo que sacrificar alguna secuencia de ella.

- ¿«Fatima» es una película optimista o pesimista?

- Tiene un final un poco optimista, pero de un optimismo que no pretende tapar ciertas dificultades sociales que hay que afrontar.

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