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El «Capitán Koblic» y los caídos del cielo en la dictadura argentina

El «Capitán Koblic» y los caídos del cielo en la dictadura argentina

La película de Ricardo Darín cuenta la historia de un piloto de los aviones de la muerte del régimen de Videla, entre 1976 y 1983, que renuncia a su tenebroso pasado

Día 19/06/2016 - 02.21h

Ricardo Darín, junto a Inma Cuesta y el formidable Oscar Martínez, ha estrenado «Capitán Koblic», una historia sobre un piloto de los aviones de la muerte de la dictadura argentina que renuncia a su tenebroso pasado y busca el olvido en un pueblo perdido. Allí, los recuerdos y el oscuro presente le seguirán persiguiendo.

[Entrevista con Ricardo Darín: «En la dictadura argentina tuve miedo, ese escalofrío que te atraviesa el cuerpo»]

Una historia terrible que ha perseguido a los argentinos en las última cuatro décadas. Ocurrió durante la dictadura, entre 1976 y 1983, una época en la que el duro régimen de Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Orlando Ramón Agosti y compañía no sabía qué hacer con los vivos que quería muertos. Los secuestrados (no estaban legalmente detenidos) se le multiplicaban y los hornos o las parrillas de la Escuela Mecánica de la Armada (Esma) no eran suficientes para incinerar, como en una barbacoa humana, a tantos hombres y mujeres que terminarían desaparecidos. La opción que encontraron fue «arrojarlos, todavía con vida, desde aviones al río de La Plata primero y al mar más tarde». El exmarino Adolfo Scilingo, condenado en España a 1.084 años de prisión, fue el primer arrepentido en confesarlo. Los vuelos de la muerte solían partir de la ESMA, el principal centro clandestino y de exterminio del régimen militar. En el río de La Plata tuvieron problemas inesperados: la corriente los devolvía a la orilla argentina. Entonces, decidieron modificar la ruta y llevarlos, en vuelo rasante para que los radares no los detectaran, mar adentro.

Presos drogados

En un acto de piedad o para evitar motines a bordo de los aviones de la Fuerza Aérea, los presos eran drogados. Según Scilingo -que en julio cumplirá 70 años y estará en condiciones de solicitar la libertad condicional-, las razones para narcotizarlos eran humanitarias, «tenían que morir felices» y para lograrlo hasta «les ponían música brasileña para que bailaran». El testimonio del marino que participó de varios de esos vuelos y, en uno de ellos casi le llevan de compañía al agarrarle de un tobillo un sedado que no lo estaba tanto, confirmó lo que la sociedad argentina se resistía a creer durante los siete años de dictadura (la más atroz de su historia).

En diciembre del 2011 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ofreció las pruebas que faltaban al entregar a la justicia argentina 130 fotografías de víctimas de aquel método perverso de asesinato. Las imágenes pertenecen a los cuerpos de los que se convertirían en desaparecidos tras embarcar rumbo a la muerte. En ellas se observan los cuerpos de personas maniatadas, con quemaduras, desmembrados y otros signos de haber sido torturados. Todos los cadáveres fueron retirados en las costas del Atlántico, en Uruguay, entre 1976 y 1979, pero los expedientes se metieron en un cajón o a las víctimas se les atribuyeron causas de muerte insólitas como la de una mujer, aún con las uñas pintadas, sobre la que escribieron «frecuentaba lugares nocturnos y estaba vinculada a una banda de narcotraficantes». Por entonces, Uruguay formaba parte de la red de colaboración y complicidad de los regímenes militares.

El archivo fotográfico de la CIDH lo recibió el juez Sergio Torres en Buenos Aires para incorporarlo al expediente conocido como «mega causa» de la Esma que investigaba en ese momento. Las imágenes iban acompañadas de informes forenses donde se detallaba el estado de los cadáveres. «Fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas, quemaduras en ambas manos, derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras y zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes», detallaba uno de ellos sobre el cuerpo de una mujer. Durante el juicio a las Juntas Militares se comprobó la desaparición de 7.954 personas aunque el mito menciona 30.000. ¿Cuántos de estos argentinos terminaron sus días en los vuelos de la muerte? La respuesta, aún hoy, es una incógnita.

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