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Así fue la crítica de «E. T., el extraterrestre» que ABC publicó en 1982
Imagen del cartel de la película «E. T.» (1982)

Así fue la crítica de «E. T., el extraterrestre» que ABC publicó en 1982

La película de Steven Spielberg que marcó un antes y un después en la ciencia ficción

Día 30/07/2016 - 16.48h

ABC recupera la crítica que publicó de «E. T., el extraterrestre» en sus páginas, el 7 de diciembre de 1982, de la película que marcó un antes y un después en la ciencia ficción. Está firmada por Pedro Crespo.

[ABC, en 1979: la crítica de «Superman» de Christopher Reeve]

[ABC, en 1977: la crítica de «Star Wars: Una nueva esperanza»]

El filme dirigido por Steven Spielberg y escrita por Melissa Mathison cuenta la historia de un pequeño ser de otro planeta que se queda abandonado en la tierra cuando su nave se marcha. Se hará amigo de un niño, que lo esconde en su casa e intenta buscar la forma de que el pequeño extraterrestre regrese a su planeta antes de que los científicos y la policía lo encuentren.

Con un presupuesto de más de diez millones, el largometraje se convirtió en la película más taquillera (800 millones de dólares), superando, incluso, a «Star Wars». Once años más tarde, «Jurassic Park» (1993), del mismo director, le quitó el puesto.

La crítica decía así:

«Con su aureola de película millonada, rompedora de cuantas marcas de asistencia e ingresos habían sido establecidas previamente, llega a las pantallas españolas 'E. T.', la tierna, esperanzadora, mágica, fantástica y emocionante historia de amistad entre un niño de diez años, habitante en el suburbio de una de tantas ciudades norteamericanas, y un ser venido de otro planeta, otro sistema, otra galaxia.

Cabría establecer al comentario crítico, dos premisas: Steven Spielberg pertenece, como cineasta, a una generación que no tiene más antecedentes válidos que los del propio cine. Que no procede del teatro, y que si ha hecho televisión ha sido como una especie de entrenamiento del cine que quería realizar. Como segunda, que Spielberg ha invertido el signo de la posible relación de los habitantes de la Tierra con visitantes del exterior. Antes -recuérdese 'La guerra de los mundos'- ese contacto se concebía como una amenaza, una catástrofe, algo absolutamente negativo. Con 'Encuentros en la tercera fase', Spielberg cifraba una esperanza de futuro, una posibilidad de ayuda, tecnológica y existencial, en las inteligencias, al parecer mucho más evolucionadas, de otras civilizaciones. Tesis que se continúa en 'E. T.' como una puerta más, abierta al optimismo exterior.

La historia de 'E. T.' comienza una noche cualquiera, en un bosque cercario a una ciudad americana. Un 'platillo volante' desciende en un claro. Bajan de él, entre luces fantasmagóricas, unos extraños -para nuestra mentalidad y conformación humana- tripulantes. La escena del encuentro con el habitat humano, en la distancia, es idílica. A lo lejos se adivina la ciudad, con sus luces tenues. Los extraterrestres, sin embargo, ven turbada rápidamente su tranquilidad. Los faros de los coches, de las motocicletas, el chirrido de las ruedas al frenar bruscamente. Hombres, con perros, que buscan el 'platillo' y a sus hipotéticos tripulantes. Como en una cacería. Los extraterrestres se retiran rápidamente, superando sus dificultades motoras, hacia la nave. Uno de ellos se retrasa y, aterrorizado, contempla cómo sus compañeros, urgidos por el peligro inmediato, parten hacia el espacio. El miedo irresistible se traduce en una incandescencia de su pecho, que se vuelve rojo. Luego, la persecución cesa. Los hombres se retiran. Y él extraterrestre queda solo.

En la casa de Elliott, ün niño de diez años: hay reunión juvenil. Alrededor de su hermano mayor -catorce años-, Michael. Los amigos de Michael juegan sobre la mesa de la cocina- office. Cerca están Gértie, la hermana pequeña -seis años- y el perro de la familia. En seguida llega Mary, la madre, que pasa por la crisis más grave de su matrimonio, pues su marido y padre de sus hijos se ha fugado a México, con otra mujer, abandonándoles. Los muchachos hablan de terror y de espacio. Y cuando Elliot regresa del jardín, muerto de miedo y de excitación, asegurando que ha visto 'al hombre de la Luna', todos se burlan de él. Sin embargo, ya de madrugada, Elliott regresa al patio trasero, cerca del cobertizo de las herramientas. Y allí lo encuentra. Un ser de pequeña estatura, cabeza como de tortuga, cuerpo rechoncho, piernas cortísimas, brazos y manos largas, en comparación con el resto: un monstruo para nuestra concepción de la belleza.

Spielbarg luce su sensibilidad al contar el establecimiento de la relación amistosa entre Elliot y E. T. La amistad crece, arrolladoramerrte. Elliot protege a su raro e inteligente nuevo amigo, establece con él una divertida relación sensorial, recibiendo las emisiones que el cerebro de E. T. produce en contacto con el ambiente, bárbaro y extraño para él, de la casa, de la cerveza de la nevera, de las imágenes del televisor, y llega a entender sus necesidades y su nostalgia. E. T. desea regresar a su casa, y para ello quiere 'telefonear' a los suyos. Y Elliot, con la obligada complicidad de sus dos hermanos, decide ayudarle. Ayudarle a construir un ingenio y rudimentario -por su aspecto- transmisor, con uno de sus juguetes electrónicos, una hoja de sierra circular y un paraguas. Y ayudarle, también, escondiéndolo de los mayores, incluyendo, en la clasificación a su propia madre.

La historia de la amistad entre el niño y el extraterrestre hubiese quedado seguramente corta, aunque en ella Spielberg, vertiendo todas las líricas ternezas -y el, en ocasiones desbordante, humor- contenidas en el guion de Melissa Mathison, consiguiese divertir al espectador. Por ello, paralelamente a esta línea narrativa, se establece otra: la búsqueda del extraterrestre continúa. Los hombres que lo rastrean ya no van salvajemente campo a través. Llevan ahora unos equipos sofisticados para escuchar cuanto se dice en las casas del suburbio, y contadores 'geiger' para medir la estela de radiactividad dejada por E.T. Elliott y su amigo tienen el tiempo contado, mientras se estrecha el cerco. El 'suspense' se añade, como un factor más, entre los esenciales, al humor, a la ternura, a la observación de la vida, a la fantasía.

Spielberg consigue un envidiable ritmo narrativo, dosificando con talento intriga y comicidad. Se pone de parte de los niños, ridiculizando parcialmente la prosopopeya y la falta de sensibilidad de los adultos. Utiliza la 'filosofía' de Walt Disney, tomando prestados detalles de algunas películas, y concede a la aventura -persecución incluida- una variante fantástica que trasciende de la 'ciencia-ficción' contemporánea para inscribirse en el tronco más tradicional de los 'cuentos de hadas', aún sin perder su ambición naturalista.

El capítulo interpretativo alcanza notables cotas de verosimilitud y espontaneidad. Los niños-actores, con el pequeño Henry Thornias -Elliott- a la cabeza, constituyen una de las bazas fundamentales de la película; Robert Mac Naughton -Míchael- y la nieta de John Barrymore, Drew -Gertie-, bordan sus cometidos, dejando a los mayores ?-Dee Willice, como la madre, y Peter Coyote, que encarna a un 'científico bondadoso'?en un discreto segundo plano. Pero la película no existiría sin la maqueta y los efectos especiales alrededor de la figura de E. T. Concebido por Cario Rambaldi, coordinados sus movimientos por una especialista y trece 'operadores', E. T. 'parece' un ser vivo, y esa ilusión completa el conjunto.

Soberbias son la fotografía, debida a Allen Daviau, y la música -donde cabe rastrear influencias de alguna composición de Prokofiev-, de John Williams.

En definitiva, una hermosa película, emocionante y divertida, que es, al tiempo, historia de una amistad, narración de una búsqueda y exposición de una esperanza. Y una fantasía aleccionadora donde se subrayan, con oportunidad, algunos de los 'valores humanos' que realmente cuentan».

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