ABC.es

HoyCinema

patrocinado por .
«Jason Bourne debería haberse googleado»
Matt Damon, en una escena de «Jason Bourne»

«Jason Bourne debería haberse googleado»

Una inspectora de la Unidad de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional nos explica porque «el anonimato en internet no existe»

Día 30/07/2016 - 00.40h

Cinco entregas le han hecho falta al más letal de los agentes de la CIA para recuperar su memoria. En concreto, desde que en 2002 se estrenara «El caso Bourne», donde Matt Damon hacía las veces de un hombre amnésico que es rescatado por la tripulación de un barco sin nada encima, ni tan siquiera una identidad o un pasado. Un tiempo precioso que hubiera ganado (y más de 1.200 millones de dólares que hubiera perdido en taquilla) si hubiera googleado su nombre.

«El anonimato en internet no existe. Estoy segura de que si Jason Bourne hubiera introducido su nombre en Google, habría sabido antes quién era y todo lo que había hecho, debido a la gran cantidad de información que hay nuestra en la Red y de los detalles de nuestra vida que dejamos en las redes», asegura la inspectora de la Unidad de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional, Silvia Barrera, para quien «el único ordenador seguro es el apagado».

Según Barrera, el estreno de «Jason Bourne» es un buen momento «para reflexionar sobre la época digital que vivimos». Una opinión parecida a la que el propio Matt Damon vertía en una entrevista con ABC este martes: «Desde mi punto de vista lo que planteamos en el filme es el debate que hoy mismo existe en el mundo entre la seguridad y la privacidad, entre protegernos y los derechos civiles».

Sin garantías

«Si nosotros perdiéramos la memoria, actualmente no sería muy fácil recuperarla», insiste Barrera. Los datos la avalan: 380 millones de usuarios de Linkedin, 600 millones en Twitter, 800 en Whatsapp, 1.400 en Facebook, 1.000 en Youtube o los más de 110 millones de usuarios que interactúan cada día con Snapchat, una aplicación que asegura que los vídeos y fotos que enviamos se eliminan del móvil del destinatario diez segundos después de haberlos visto, pero que en la letra pequeña avisa de que «no puede garantizar que dicho contenido desaparezca realmente».

«No sólo tenemos redes sociales y entre 20 y 50 aplicaciones descargadas cada uno en el móvil, también dejamos mucha información en las cámaras de foto, en los ordenadores y demás dispositivos que usamos incluso para correr o tomar nuestras pulsaciones, la cual damos a desarrolladores que no sabemos realmente quiénes son», alerta la inspectora, en referencia no solo a los archivos que hacemos públicos voluntariamente: «Le damos toda nuestra información al diablo», espeta.

En el 80% de los procesos de divorcio que se tramitan en Estados Unidos, por ejemplo, se usa información obtenida de las redes sociales y de conversaciones privadas. Para dar una medida de la cuestión basta con fijarse en el estudiante austriaco Max Schrems, todo un activista de la privacidad que llevó a Facebook a los tribunales en 2012, solicitando todos los datos que tenían de él. Su sorpresa fue mayúscula cuando la compañía le envió un cedé con 1.200 páginas en las que no sólo aparecía lo que él había publicado en su perfil, sino también sus conversaciones privadas, referencias sobre sus gustos e intereses, sus opiniones religiosas y hasta las notas que había eliminado.

«El petróleo del siglo XX»

«Los datos personales son el petróleo del siglo XXI», aseguró el presidente de la red social para profesionales Xing, Stefan Gross-Selbeck. Facebook lo sabe. En la presentación de resultados del tercer trimestre de este año, la compañía de Mark Zuckerberg obtuvo unos ingresos de 6.440 millones de dólares, un 60% más que en 2015, y beneficios de 2.055 millones de dólares. Y aunque la Comisión Europea pretende poner orden en este océano de datos privados que circulan contra nuestra voluntad por internet o se almacenan peligrosamente en todo tipo de soportes digitales, no parece que esté siendo muy eficaz.

«Nadie se da cuenta, por ejemplo, de que uno de los permisos que le damos a Facebook cuando nos hacemos usuarios es leer nuestra información confidencial. Está bien que necesite las fotos que compartimos y la identidad de los usuarios, pero, ¿para qué quiere nuestra información confidencial? Y ahora encima tiene Whatsapp, por lo que también es dueña de todas nuestras conversaciones», señala Barrera.

La inspectora de la Unidad de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional advierte que, «aunque borremos alguna foto o un comentario, este tampoco desaparece, se lo quedan nuestros proveedores de servicios, desarrolladores o una empresa. Se queda en manos de terceros. Por eso, cuando eliminamos una imagen, en ocasiones vuelve a aparecer en la Red». Y toda esa información personal a la que podría acceder Jason Bourne no representa más que el 4%. «El 96% restante lo podría encontrar en una 'deep web' o red oscura», explica Barrera en referencia a las redes que operan aparte de las redes públicas y cuyos contenidos se mantienen supuestamente inalcanzables para todos, excepto para un grupo restringido de personas.

Son tantos los millones de datos que generamos y distribuimos que, por ejemplo, Microsoft lleva tiempo realizando pruebas para sumergir gigantescas cámaras presurizadas en el mar donde poder albergar sus servidores, a consecuencia de la enorme cantidad de calor y electricidad que generan. Facebook decidió, por el contrario, trasladar su cuartel general de 28.000 metros cuadrados a un pueblo al norte de Suecia, junto con las decenas de miles de servidores que posee para procesar diez petabytes al día de información con nuestras fotos en la playa, los «selfies» con los amigos, todos los «me gusta» que damos, los mensajes privados que mandamos, nuestra ubicación o los eventos a los que asistimos. Es decir, nueve cuatrillones de bytes con toda nuestra vida.

«¿De verdad pensamos que podríamos desaparecer de internet?», se pregunta la inspectora.

Comentarios